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Mi Isla Bonita del 97

domingo, 3 de mayo de 2015

En el verano de 1997, el mismo mes que murió la Princesa Diana, me había hartado de la isla mediterránea donde había pasado un año de mi vida y ya me había cansado de tantas fiestas locas de verano. Aunque me dolía mucho, sabía que esta era la única oportunidad que me iban a ofrecer para salir de la isla y conocer más de lo que había al otro lado del mar Mediterráneo, la Península. Lo único que me quedaba era despedirme de Matéu y Maribel. Se notaba ya que el frío húmedo de octubre no quedaba muy lejos. Maribel, fiel como siempre, llegó a primera hora a ayudarme a montar todas mis cajas y trastos en mi coche. Siempre me hizo gracia que su madre confiara mucho en mí para cuidar a su única hija de los peligros de salir por la noche de marcha en la Cala. Como yo no bebía alcohol, siempre llevaba a Maribel en mi coche inglés, un coche con el volante por el otro lado, pero a su madre no le importaba esto porque sabía que a su niña siempre la iba cuidar como si fuera a mi propia hermana pequeña. 


Matéu llegó tarde porque se había quedado dormido.  Tenía el pelo rubio, por el sol mallorquín, hecho un desastre. Me miraba con ojos soñolientos. Se disculpó por haber llegado tan tarde.

- Lalita, pareces una gitana que va al mercado con tantas cosas embutidas en tu coche raro. 
- Bueno, esto es todo lo que traje de Inglaterra y lo que he acumulado de mi vida aquí.
- ¿Quién conduce, Lalita, tú o tu peluche?

Como no había otro sitio en el coche dónde meter a Xisquito, el dinosaurio de peluche que me regalaron, lo logramos poner sobre todas las cajas que iban en el asiento del copiloto.

Ya era hora de dejar mi vida allí en este pueblo tan pequeñito. La isla donde había dejado atrás mi pasado y comenzado una vida completamente nueva. Fue mucho el cariño que le cogí a mi nueva vida; una vida donde había vivido soledades, tristezas, la muerte de una relación sentimental y el nacimiento de nuevas amistades, aventuras, sueños y, sobre todo, que me había enamorado de un chico de la isla. Faltaba poco para marcharme y pensé que eran tantas las cosas que no había dicho o vivido todavía con mi mejor amiga y el hombre al que había llegado a querer tanto. Nos despedimos con dos besos. Los besos con Matéu duraron un poco más que lo normal. No creo que Maribel se percatara, quizá por las incesantes lágrimas que en ese momento brotaban de sus ojos y que luego bañaban sus jóvenes mejillas.

Ahora me iba para siempre. Veía por el espejo retrovisor del coche cómo las figuras de Maribel y Matéu se hacían paulatinamente más pequeñas. De repente, mi corazón se partió en mil pedazos. No sé lo que me esperaba en el verdor del norte de España, donde hacía frío y llovía incesantemente. Pero lo que sí sabía claramente era que aquí, en esta isla a la que odié tanto al principio por la soledad que sentí cuando llegué hace un año, estaba atrapado mi corazón y ya no me quería ir nunca… nunca.

SABERA AHSAN

¿Por qué todos los edificios modernos son acristalados? (Relato porno-erótico)

martes, 24 de junio de 2014

AndreaK
¿Por qué todos los edificios modernos son acristalados?
Es una torre de 25 pisos, recubierta de cristal traslucido, que hace de gigantesco espejo de la zona.
Yo voy a la planta 18. Entro en el vestíbulo y llamo al ascensor, el mármol del suelo y las paredes brillan tanto que me veo reflejada.
Mi abrigo negro termina en mis rodillas, se entalla a mi cuerpo  con cinturón que marca mi cintura y la decora con un lazo.
El pelo suelto cae sobre mis hombros ocultando del cuello alto del abrigo.

Zapatos de tacón y el maletín en la mano,  verdaderamente parezco una alta ejecutiva, con una cuenta de inversores.
Entro en el ascensor, aprovecho que nadie me ve y recoloco delicadamente las medias.
En ese momento recuerdo que la cámara de seguridad está en la esquina derecha, y la saludo traviesa.
Se abren las puertas enfrente esta un gran mostrador donde me recibe una recepcionista, le digo que tengo una cita con el señor Jonhs, lo chequea en su ordenador, obviamente no lo encuentra, (es mentira).
Dando a notar mi autoridad, le digo que no puedo esperar, que se lo comunique al señor Jonhs que la señorita Rojo está esperando.
Lo llama y susurrando preocupadamente por el teléfono; me describe.
Entonces cuelga y me comunica que pase, el pasillo de la izquierda la última puerta.
Me pide disculpas, asume que será un error informático, me ofrece si deseo algo para beber.
Me encamino  hacia el pasillo, la moqueta ahoga el sonido de mis pasos.
Llego a la puerta, la abro ligeramente sin hacer ruido.
Su despacho una gran sala con dos paredes de cristal con vistas vertiginosas de la ciudad, a la izquierda una gran mesa clásica de despacho con  un ordenador de gran pantalla y una butaca cómoda de piel negra.  A la derecha  frente a la puerta  una gran mesa de dibujo llena de planos, reglas y lápices. Frente a ella el sentado en un taburete giratorio.
Nota mi presencia se gira, sorprendido y un poco nervioso, sonríe.
Pregunta: ¿Señorita Rojo? se ríe. Gracias, por venir hasta nuestro estudio y pensar en nosotros para sus inversiones.
- A pesar de la confusión de la entrada, es un placer tratar con usted (digo mientras poso el maletín en el suelo, caminando hacia el deshaciendo el nudo de mi abrigo y lo dejo caer al suelo).
- Estaré encantado de mostrarle nuestras ideas;  mientras dice esto con un pequeño mando blanco, sube ligeramente el hilo musical y  bloquea la puerta.
Me mira todavía sorprendido y exclama. ¿Cómo has conseguido llegar hasta aquí? Me vas a volver loco!! Suspira y me mira el escote.
Dejo caer los tirantes del vestido, empujo el vestido hacia abajo, dejando al descubierto el corpiño de lencería negra y azul. Persigue el  camino del vestido con su mirada, descubre el ligero que sostiene las medias. El suspira otra de nuevo. Cuando el vestido toca el suelo, me rodea con sus brazos coloca sus manos  sobre mi culo, me alza  en el aire y me sienta sobre la mesa, frente a  él.
Mi pecho está a la altura de su cabeza. Me mira pícaramente intentado descifrar, por donde se comienza a desmontar el corpiño. Desabrocha tres broches del escote, y mis pezones  están a punto de precipitarse fuera de él. Sus manos en mi cintura presionan levemente el corpiño hacia abajo, provocando que mis pezones se precipiten al vacío, pero muy caballeroso los rescata con su boca. Cariñosamente  los rodea  cada uno con una mano  y hunde su cabeza en medio.
Siempre que hace eso denoto que su respiración cambia a una tono más  relajado y seguro, como el del un niño dormido en brazos de su madre. Entonces en  voz baja y tranquila, afirma: no me vas a volver loco; ya estoy loco.
Rrrrrr!!!! Con un pequeño gruñido de gatito, se abalanza sobre el  pezón derecho, el izquierdo está atrapado entre sus dedos, sabe que eso me hace perder el sentido.
Apoyo mis manos sobre la mesa aunque debo de apartar un par de papeles para encontrarla, él se percata y se detiene; pregunta -¿cómoda señorita Rojo?  Me rio y respondo: -no demasiado ¿qué puede ofrecerme señor Jonhs?  Él se ríe de nuevo desliza sus manos desde mi cintura hasta  las rodillas, alza mis pies y los apoya sobre sus muslos.
Mientras me descalzada, me sugiere: - creo señorita que se encontrara más cómoda así.
Separa sus piernas y con ellas las mías que se encuentra apoyadas en ellas.
Besa la cara interior de mis muslos mirándome de reojo,  para descubrir mi ombligo cubierto por una cinta, la sopla suavemente.  Y el lazo cae sobre mi cadera derecha de donde pertenece, lo deshace, antes de deshacer el izquierdo y dejar caer el tanga al suelo, clava su  azul  mirada en mis ojos. Sostengo la mirada, pero él juega sucio y gana, hunde su dedo pulgar en mis labios presionando el clítoris, cierro mis ojos y dejo caer la cabeza.
Su pulgar desciende y su lengua toma el relevo por donde el dedo ha pasado, forman un gran equipo no se dejan ningún milímetro sin recorrer.
Sus labios se pelean con los míos, su lengua negocia con mi clítoris pero en esta guerra, siempre me rindo yo.
Se seca la boca con el puño de la camisa; me deslizo al bajarme de la mesa y traes de mí se  caen algunos planos, uno se ha quedado adherido a mi culo, lo retiro cuidadosamente y lo dejo sobre la mesa.
Mira el desorden  creado con una leve preocupación, que desaparece cuando lo cojo de la mano. Beso su cuello y  susurro en su oído, mi turno señor Jonhs.
Separó la butaca negra de piel del barroco escritorio, lo invito a sentarse en ella. Presiono el pedal bajando su altura habitual,  me inclino para besarle el cuello y desabrochar un par de botones de su camisa, tomando un reposabrazos lo giro frente a mí.
Me arrodillo entre sus piernas, acaricio con una mano suavemente el bulto que su pantalón esconde, con la otra suelto el cinturón. Con las dos manos desabrocho los tres botones de su pantalón y su pene erecto emerge entre mis manos, un delicioso helado de cucurucho  que no puedo resistir el comer. Deslizo mi lengua desde la base a la cima, donde esta deliciosamente húmedo, mis labios la rodean obligándola a entrar lentamente a saludar a mi campanilla.
Rápidamente se pone  tan dura  que llena toda mi boca, es el momento de tratarla con dureza, la sujeto fuertemente con mi mano la arropo con mi boca, provocando que comience a derretirse en mi lengua.
El suspira de placer y exclama, no seas mala ¡! No tan rápido.
Mi respuesta: estaba siendo buena ahora voy a ser mala.

Me pongo en pie y me siento rápidamente a horcajadas sobre él, sin darle tiempo la reponerse, y sintiéndome repleta  dentro mí,  no puedo evitar buscar el placer en cada moviendo, cabalgo tan rápido, que una pequeña explosión me inunda. Su respiración se descontrola y exclama, -Eres mala!!! A este ritmo acabaras conmigo. Sonrió pícaramente y le beso la frente.
Me levanto y voy a recoger el vestido del suelo, vuelvo junto a él y me apoyo en la mesa mientras me pongo el vestido, con una sonrisa  graciosa  me voltea levanta  el vestido dejando un cachete al descubierto, coge una pluma estilográfica del escritorio  y me firma la nalga.
Tengo estampado en el culo el plano en el que estaba trabajando cuando llegue. jajajajajajaja
Me dice: Señorita Rojo espero que le gusten los diseños, hay gente que se ha dejado el culo en este proyecto.


"Noche de tormenta"

martes, 13 de mayo de 2014

AndreaK

El camino a través del bosque esta flanqueado por árboles que crean un túnel natural en el que pequeñas claraboyas entre las ramas, permiten ver que en el cielo no queda una sola estrella que guíe su camino, la tormenta es inminente la llovizna ya ha empapado sus vestimentas y el frío comienza a punzar su cuerpo. Debe de encontrar un refugio seguro.
En ese momento un rayo cruza el cielo, deslumbrando a todas las criaturas de la noche que quedan enmudecidas por el trueno, durante un segundo el silencio más absoluto invade el bosque, un gran ronquido humano rompe el silencio devolviendo la cotidianidad a las criaturas del bosque.
Entre dos árboles una pequeña senda casi imperceptible y laberíntica lleva a una torre de piedra cubierta en parte por la maleza, a los pies de la torre un pequeño cobertizo desvencijado cobija a un guarda orondo completamente borracho, que ronca como un oso,  todavía sosteniendo la jarra de hidromiel en sus manos.
En la parte alta de la torre se intuyen dos pequeñas ventanas y un balcón, en el cual se advierte luz en el interior. Tras comprobar de nuevo que el guarda estaba en inconsciencia etílica, se acerca a la puerta, la empuja y, sorprendentemente, está abierta. Los peldaños de las escaleras de piedra son muy altos, desenfunda su espada y la utiliza como punto de apoyo para el ascenso. Otro relámpago declara iniciada la tormenta, un chubasco hace repiquetear la puerta.
En lo alto de la torre una joven doncella, entristecida por el tedio de la rutina, sueña con poder salir algún día de aquella torre.
Acerca su bañera de latón al fuego donde el agua se calienta, minuciosamente cubre la bañera con un lienzo, para proteger su delicado cuerpo del recio metal y vierte agua caliente en su interior, el vapor empaña los cristales y cubre la estancia de una suave neblina. Junto al espejo de pie hay un biombo que cubre de toallas elaborando una pequeña tienda, a sus pies un brasero mantendrá la toallas calientes (evitando que el espejo se empañe).
Mientras vertía el último cántaro de agua en la bañera, el estruendo de un trueno la sobresaltó y derramó un poco de agua a sus pies, posó el cántaro en una de las columnas de la chimenea.
En ese momento irrumpió en la estancia el caballero, asustada, dio un paso hacia atrás y se cubrió el cuerpo con sus manos, el camisón de baño que vestía era de algodón blanco muy fino casi trasparente y holgado, dejaba pasar la luz de la lumbre marcando sinuosa su silueta. El shock de ver por primera vez a un hombre le impedía hablar. El caballero se disculpó velozmente y le dio la espalda para transmitirle más privacidad y respeto.
- Doncella siento interrumpir en su morada pero la tormenta es fuerte y no he encontrado en este inhóspito bosque otro lugar donde cobijarme, le ruego encarecidamente no su se alarme nada malo le haré, mi código de honor es proteger, no atacar. Solo deseo y le ruego que deje que seque mis vestimentas a la lumbre y me iré en cuanto la tormenta arrecie. No deseo turbarla más de lo necesario. Le ruego continúe con sus quehaceres, yo no la distraeré.
Aunque debo advertirla que el guarda que custodia su morada está tan ebrio que no podrá protegerla de ningún maleante en la siguientes horas.
¿Me concede su permiso para que me quede?
Consiguió reunir un poco de valor y sobreponerse del shock para decir.
- De acuerdo.
El caballero se acercó a la pequeña tienda de paños calientes donde había una silla. Dejó su espada junto a ella en el suelo. Colocó tu capa sobre el biombo evitando mirar a la doncella, que continua impertérrita entre el hogar y la bañera de pie. Para tranquilizarla le dijo:
- Estoy desarmando y completamente helado, nada le haré, le ruego no me tema.
Reuniendo un valor inusitado en ella, espetó rápidamente por miedo a titubear y mostrar debilidad:
- Puede coger uno de los paños calientes  ue tiene a su derecha para secarse, no le temo, el guarda de la puerta no es el único que me protege (una mentira intimidatoria) ¿Qué hace usted por estas tierras?
- Gracias excelencia.
El caballero se despojó de su pesada cota de maya, su jubón estaba totalmente empapado y pegado a su cuerpo dio un paso, tomó uno de los paños y se secó el rostro frente al espejo, entonces, se percató de que podía ver el reflejo de la doncella en él. Avergonzado por su acto tan poco respetuoso, retiró la mirada, pero en ese instante escucho como ella zambullía sus pies en el agua, volvió a alzar la mirada hacia el espejo y vio como también lo miraba, era una pudorosa aprobación. Lentamente se sumergió en la bañera, sin dejar de observar al caballero, que  comenzó a deshacer los lazos del jubón, uno a uno, dejando al descubierto el bello de su torso. Una cicatriz aún reciente surcaba su hombro.
El caballero clavo su mirada en el espejo, ella había acomodado su cabeza en el borde de la bañera y observaba las lenguas de fuego de la hoguera. De repente, un gran relámpago iluminó todos los rincones de penumbra de la estancia. Seguidamente, el ruidoso trueno que alteró la paz del momento. La doncella se sobresaltó, una ola de agua de la bañera se derramó y apagó parte de las brasas del hogar.
Su corazón latía veloz, su respiración se aceleró, tenía miedo, recobró la razón de la insensatez de sus actos. El caballero corrió a azuzar el fuego para intentar que no se apagara. Después, tomó uno de los paños calientes, lo posó sobre los hombros de la doncella y se situó a los pies de la bañera, apenas quedaban dos palmos de agua dentro. El camisón de baño, húmedo, se ceñía a su cuerpo como una segunda piel y dejaba intuir cada uno de sus lunares, que formaban pequeñas constelaciones en el firmamento de su piel; sus pequeños pechos habían sido sazonados en sus cumbres con azúcar moreno, los ojos del caballero los observaban golosos, su ombligo marcaba el nivel de agua, sus rodillas era dos grandes islas que vibraban emitiendo pequeñas olas.
El caballero atisbó en su miraba timidez y curiosidad, extendió su mano para acariciar el rostro de la doncella y apartar un mechón de pelo que atravesaba sus labios. Se acercó más a ella y le colocó el largo cabello tras los hombros.

Ella no salía de su asombro, hipnotizada no podía apartar la vista de él, en el bello de su torso donde dos gotas de agua traviesas jugaban a esconderse, sus brazos fuertes, sus grandes manos que apartaban delicadamente su cabello, su respiración caliente y tranquila; su mirada que la acariciaba sin tocarla.
Apartó el último mechón de su cabello que cubría su pecho, lo coloco tras su hombro. Acarició su mejilla y la miró, por unos segundos. Luego besó su frente ligeramente, después besó la punta de su nariz y, a continuación, sus labios. Estaban calientes y sedosos. Al mismo tiempo que la besaba, sujetaba su cabeza con una mano, la otra fue a parar bajo su costado derecho, a pocos centímetros de su pecho, lo que provocó que sintiera como sus pezones se endurecían, parecían querer llamar la atención de caballero para ser los siguientes en ser besados.
El beso terminó y la razón volvió a la mente de la doncella que, avergonzada, se sonrojó. El caballero la miró con dulzura y le pellizcó la nariz, a lo que ella respondió con una tímida sonrisa. Mientras la mano del caballero que sujetaba la cabeza de la doncella descendía hasta la cintura de ésta, bajo a su cadera, entrando en el agua, continuó el recorrido de su silueta emergiendo del agua nuevamente hasta detenerse en la isla de su rodilla. Volvió a descender lentamente por la cara interior del muslo. Ella ignoraba lo que pasaba pero la sensación era tan tentadoramente agradable que no podía hacerle parar.
La gran mano izquierda del caballero ascendió y escondió su pecho en ella. La abrió levemente y, entre sus dedos, asomó un dulce pezón. El caballero acercó su boca y suavemente lo lamió comprobando que su sabor era más dulce de lo que se imaginaba.
La otra mano continuaba el descenso de la cara interior del muslo, donde descubrió una cueva jamás explorada; se adentró en ella y la conquistó.
De nuevo, un trueno rasgó la cotidianeidad de la noche, pero en este caso la doncella no se sobresaltó, no se percató del relámpago ni del estruendo del trueno, la fruición la había elevado a otro plano donde el placer la llenaba, la envolvía, la protegía…



"Invisibles"

sábado, 10 de mayo de 2014

CARMEN M. ALMENARA

Luis era un hombre amable y divertido que solía sentarse en el banco del parque tras salir de trabajar para contemplar a las palomas y gorriones que jugueteaban por allí. A menudo, compraba un paquete de semillas para que las aves le hiciesen compañía y así no sentirse tan solo.
Nadie se fijaba en él, nadie reparaba en el individuo solitario de pantalón vaquero y zapatillas de deporte. No era guapo, pero tampoco era feo, no hacía nada raro, pero tampoco era demasiado normal. Sin embargo, nadie parecía mirarlo. Solo una persona, oculta en su quiosco de golosinas, lo observaba en silencio, tan invisible para el mundo como él. Se trataba de Aurora, una muchacha acomplejada por su aspecto que se escondía del mundo detrás de su mostrador.
Nunca hablaron, nunca se miraron a los ojos, pero ambos deseaban un amor que solo encontrarían en los brazos del otro.
Aurora acababa de cerrar el puesto de chucherías sabiendo que solo era un día más en su monótona vida, pero sentía que había algo distinto en el ambiente, se respiraba la sorpresa. Pensando en su invisible chico de las palomas, miró hacia el banco en el que solía sentarse pero no estaba, se había marchado ya.
Nuestro vagabundo amigo se había ido andando muy despacio como cada día de la semana, con la cabeza rendida por la constante desesperanza. Mas ese día giró la esquina de salida al parque y tropezó con alguien.
- Perdone - Susurró aturdida y sin levantar la mirada una joven.
El desconocido con el que había chocado susurró algo también, su voz sonaba dulce y lejana. Aurora posó sus ojos en él y el tiempo se paró un instante... Era el chico de las palomas, el desconocido invisible que pasaba las tardes en el parque. Luis le cogió la mano y la miró a los ojos.
- ¿Se ha hecho daño?- preguntó con dulzura.
La joven se quedó muda ante la ternura de aquel muchacho. Olvidó contestar y se sonrojó con la más inocente de las sonrisas.
Pasaron charlando horas de mil tonterías, de mil cosas importantes, de todo y de nada. Aquella noche había cumplido con su promesa de sorprender.
Desde entonces, estos dos desconocidos invisibles fueron visibles el uno para el otro por siempre, entre las palomas y el parque.




"Programa, programa"

martes, 22 de abril de 2014

LUIS GELADO

“Otorgaremos, con carácter retroactivo e inmediato, el permiso de residencia y trabajo en el Estado a todos los ciudadanos procedentes de antiguas colonias del Reino que demuestren carecer de antecedentes penales, tanto en sus países de origen como en el de residencia”.

Su asesor de imagen le había advertido que no era conveniente que los candidatos leyeran el programa electoral durante la campaña, que todo estaba previsto, incluso las preguntas de los periodistas, previamente filtradas a través de cuestionarios. Se debía limitar a repetir las consignas del partido, los gestos y sonrisas ensayados tantas veces en la sede de campaña y los ataques efectistas al contrincante, culpable, sin duda, de todos los males de la nación. 

Pero le había vuelto a asaltar el desvelo de los nervios y los sudores. Hojear el programa con la foto del líder en la portada fue un acto instintivo, a la vez que de rebeldía, eso sí, clandestino, sin testigos que pudieran arruinar su incipiente carrera política.

Leer aquello le había desvelado aún más. Es indefendible, perderemos los tan necesarios votos de la ultraderecha, los editoriales de los medios afines nos acusarán de contradecir el discurso antiemigración que tan buenos resultados nos ha dado en anteriores comicios. Cómo convencer al electorado de que todos esos panchitos, negros, filipinos y hasta moros se incorporarían en igualdad de condiciones en el mercado laboral. Los sudores fríos se enfriaron más aún, si cabe, y llegó a sentir en  pecho, muñecas y cuello el aumento del ritmo de las pulsaciones.

Buscó la caja de ansiolíticos y la justificación a tan radical medida, concluyendo, una vez éstos hicieron efecto, de que al tratarse de unas elecciones europeas, casi tres millones de inmigrantes naturalizados tendrían derecho a voto y qué mejor candidato que aquél que les ofrecía la posibilidad de reencontrarse con sus hijos, cónyuges, padres y demás familia. Ya nos encargaremos de que no reciban ni un céntimo de euro de ayudas sociales. Faltaría más. 

No pudo evitar volver a contravenir las normas del partido y reabrió el programa por el índice. “La educación, fuente del cambio”, se lo han currado, pensó y se prometió usar la frase tantas veces como fuera posible. Por delante quedaba un sinfín de actos, algunos de ellos a desarrollar en colegios, universidades y centros cívicos, llenos de padres y estudiantes que necesitaban ser convencidos de que sin él, perdón, sin el partido, no habría futuro que valiera. 

“Con el fin de promover la educación pública, las Comunidades Autónomas establecerán los criterios de admisión y asumirán la gestión de todos los centros educativos de primaria, secundaria y de enseñanzas superiores. Esta medida permitirá a los alumnos sin recursos tener el mismo acceso a una educación universal y de calidad que los procedentes de entornos sociales más favorecidos. Aprobaremos una ley orgánica que regule la transición a lo público de los centros privados, así como de los gestionados por congregaciones religiosas.”

Esta vez habían ido demasiado lejos, no había votos suficientes en el Estado, ni siquiera en la UE para justificar esta locura. Qué diría la Iglesia, el Opus, los Legionarios del Cristo, los banqueros, empresarios y todos aquellos que financiaban sus trajes, su publicidad, sus intervenciones en los medios, los que pagaban religiosamente un dineral cada mes para asegurarse de que sus hijos, destinados a tomar el relevo en la elite de la sociedad, recibían la mejor de las educaciones. Sintió incluso repugnancia cuando se imaginó a su pequeña Inés compartiendo aula y actividades con un vástago gitano, cruzando ambos de la mano del profesor un paso de cebra camino de una visita a un museo o a la piscina.

No puede ser, no podemos estar tan desesperados. Las encuestas anuncian la debacle pero ese no es el camino, masculló. Una nueva dosis de pastillas le devolvió a la calma. Sin duda, su asesor estaba en lo cierto, no había sido una buena idea abrir aquel documento. Las promesas se las lleva el viento, a estas alturas de la democracia nadie se sorprendería de que quedaran en agua de borrajas, una vez la cordura y buen criterio de los votantes les permitieran hacer y deshacer a su antojo. Recordó aquello de prometer hasta meter y una vez metido nada de lo prometido y trató de conciliar el sueño.

El despertar fue pesado. Buscó el programa sobre la mesilla de noche y se sorprendió al ver que no estaba en el lugar en que lo había dejado. Se incorporó para comprobar que no había ni rastro en el dormitorio de aquel maléfico documento que tan mal rato le había hecho pasar hacía sólo unas horas. Lo encontró en su despacho, sobre la mesa de caoba, dentro de la cartera de piel que le habían regalado sus compañeros de partido cuando fue designado candidato, esa cartera que prometió cambiar en un futuro no muy lejano por una ministerial que asegurara para siempre su porvenir y el de su familia. 

Al abrirlo, se dio cuenta de que la portada y contraportada estaban unidas, sin duda, por un error de corte en la imprenta. Nunca antes había sido abierto y nunca lo sería, por lo menos, hasta que finalizara la campaña. Junto a la cartera, un pequeño espejo, con los restos de la última raya de la noche, la de la pegada de carteles. Realineó la cocaína sobre la superficie con la ayuda su American Express y aspiró con fuerza. Sobre el espejo, libre ya de la carga, el reflejo de su sonrisa, la mirada de confianza que los electores querían ver, las ojeras que desparecerían bajo el manto del maquillaje, el cabello listo para ser teñido y engominado, el vivo retrato de un ganador.

"Papel"

A.D. ALEMÁN

Estaba cansada y tenía una pinta horrible. Mis rizos castaños de papel pinocho estaban empapados y ahora lucían lacios como el papel cebolla, mis pestañas ya no estaban troqueladas y mis labios tan resecos parecían reciclados. Más que de bella y satinada cartulina parecía estar hecha de papel maché.
 Me bajé del autobús y caminé unos metros antes de toparme de bruces con la cafetería.
Mi querida cafetería en la que pasaba tantos momentos creando y soñando con un futuro invadido por mis relatos, mis novelas... por mis historias.
 Sin ser muy consciente de lo que hacía, acerqué la cabeza al escaparate.
El ambiente de dentro era tan cálido y bullicioso como siempre, en mi jerga interna un ambiente anaranjado. Entre sus cómodos sillones, la vista se me fue hacia una figura que apoyada sobre la mesa con la cabeza agachada, parecía estar absorta en otro planeta.
 Pegué tanto la cara que noté como el cristal me pellizcaba la nariz con su frío.
El viento tiraba de mí, pero me había puesto tanta ropa que el gramaje de mi cuerpo era demasiado alto como para salir volando.
 Por fin, cuando el grupo de mujeres de gesto remilgado de papel charol se retiraron, lo pude ver con claridad. Efectivamente ahí estaba.
 Con la misma sonrisa espontánea que me había salido nada más verle, entré y me puse delante de mi amigo.


 - ¿Qué hace señor?, le pregunté exagerando un tono grave.
 Él me miró y forzó una sonrisa.
- Escribir, dijo, sin más.
 La acuosidad del papel vegetal de sus ojos y su respuesta áspera me plastificó.
- ¿Qué te pasa?.
 Sin decir nada, se puso en pie y discreto se levantó el jersey.
- Mira.
 Sobre la cartulina naranja de su dorso, en el lado izquierdo de su pecho colgaba un post it blanco con un medio corazón dibujado.
- Esto me dará sólo para unas cincuenta historias más, me dijo apenado.
- Además la que estoy escribiendo ahora mismo es para alguien muy especial, así que se borrará algo más de lo normal.
 Como la pólvora, el grave suceso del chico que se quedaba sin corazón corrió veloz por toda la cafetería.
Todos querían dar una solución.
Hubo quien propuso que no siguiera escribiendo. Quien dijo que redujera el sentimiento de sus historias. Quien pedía una colecta para comprar un post it con un corazón nuevo para el muchacho. E incluso hubo que detener a uno, que, procedente del pub de al lado y bastante pasado de copas, se ofrecía a darle su propio post it.
Apenas les escuché. Conocía a mi amigo y sabía que no iba a seguir ninguno de esos consejos por muy bien intencionados que fueran algunos. Él iba a dejar un trocito de su corazón en cada historia aunque le costara quedarse sin él.
 En mitad del alboroto le abracé tan fuerte como pude.
- Tú eres alguien muy especial, le susurré.
- Levanta tu jersey otra vez.
 El silencio fue inmediato. Todos observaban como mis manos se dirigían al post it de su corazón.
- Esto quizás te duela un poco.
 Él clavó su mirada en mis ojos y asintió. Decidida, tiré del post it.
Algunos gritaron, otros se taparon los ojos, hubo quien se arrugó hasta perder el conocimiento. Pero él no se inmutó. Quizás porque confiaba en mí o porque si había alguna solución la iba a intentar, fuera la que fuese.
 -Ya puedes verlo.
 Agachó la cabeza hacia su pecho y ahí estaba un post it nuevo, con un corazón perfectamente dibujado sin ningún hueco. Luego levantó el post it y debajo de éste había otro igual con un corazón totalmente definido, y debajo de éste otro y otro.
 Los clientes y empleados de la cafetería se quedaron atónitos al ver a mi amigo pasar decenas y decenas de post it con un corazón nuevo cada uno.
 -Pero... ¿cómo?
 -Ya te dije que eras alguien especial, le susurré mientras colocaba otra vez el bolígrafo entre sus dedos.

"La Chica del abrigo gris"

miércoles, 19 de marzo de 2014

A.D. ALEMÁN

Pintura de pared, eso no podía fallar.
 Corrí escaleras arriba con la ilusión con la que se levanta un niño el día de Reyes. Escalón tras escalón las frases de ánimo bombardeaban mi cabeza.

        –Ahora sí. Venga. Sí–.

        Podía verlo. Mi abrigo teñido de rojo. Tan intenso y brillante que no sólo los de abrigo rojo se fijarían en mí sino todos, los de otros colores también. Podía imaginar sus expresiones de admiración, de complicidad e incluso alguna de envidia, ¡qué importaba, por lo menos sabrían que existo!. Y él. Él también se fijaría en mí. 
El éxtasis del momento me pedía subir de dos en dos o de tres en tres los escalones, pero el peso del bote y sus reiterados golpes contra la pierna me lo impedían.
        Por fin llegué a mi pequeño estudio. Abrí la puerta y respiré como si no hubiera respirado durante toda la subida. Solté el bote en el descansillo, y desde la privilegiada vista que me daba la doble altura del piso observé en silencio aquel habitáculo convertido en un improvisado laboratorio del color.
La panorámica del sitio no podía más que empujarme a pensar el aspecto deprimente y pordiosero que daban los trozos acartonados de periódico pegados en el suelo, o los restos de seudocomida camuflados entre los pelos de la alfombra desde hacía meses. Luego, me miré a mí misma y al maldito abrigo gris que me cubría. El tiempo parecía querer detenerse en ese agónico momento, pero no podía ni quería permitírmelo, esta vez no.
 El violento movimiento con el que mi cabeza giró sin avisar podía haberme causado una contractura, pero lo caliente del momento me hacía insensible a ese tipo de males.

        La lata de pintura roja seguía ahí, a mi lado, y yo al suyo. Le esbocé una sonrisa agria y levanté la barbilla con cierto aire prepotente.

       –Aquí estamos. Tú y yo– pensé.

       Ni siquiera bajé el descansillo. Con las mismas llaves con las que acababa de abrir mi madriguera empecé a hacer presión en cada uno de los extremos de la tapa que la ahogaban hasta cerrarla. –¡Joder!– grité al ser mordida por uno de los traicioneros dientes de la llave.
Pensé taponar la herida, pero en lugar de eso me quedé vislumbrando embobada el líquido de tono tan hermoso que resbalaba por mi dedo índice y por la llave.
       
–El mismo tono de su abrigo. Rojo vivo– me dije a mí misma casi excitada.
       Con tal ímpetu arranqué el último extremo de la tapa que las gotas de pintura salieron escupidas sin sentido. Cayeron en la alfombra, en mis zapatos, contra la puerta, hasta en mi cara, pero no me importaba.
 Frenética, desquiciada, me quité el abrigo y a trompicones lo metí en el líquido.
       –Aguanta, un poco más– me susurré.

       Pero nunca había tenido paciencia y ese no era el momento para empezar a tenerla. Alcé el abrigo, y para mi sorpresa seguía gris. Tan gris como la ceniza, como el humo que tose el tubo de escape de un coche.
        
–¡No!–.
Volví a introducirlo, esta vez unos minutos más, pero de nuevo tuve el mismo resultado decepcionante. La pintura se agolpaba en gruesas gotas que se resbalaban por la tela hasta despeñarse contra el suelo. Tras su paso, el horrible color gris quedaba impoluto.
 Con los brazos sumergidos hasta los hombros presioné la tela contra el fondo del bote, y como si intentara ahogar al odioso abrigo lo hundí una y otra vez, pero nada.

        Agotada, sin apenas pensar, corrí de nuevo al supermercado. No había demasiado tiempo, como mucho podía intentar una alternativa más, algo rápido y sin complicaciones, sino tendría que volver a verle con el mismo abrigo gris.
 Era jueves, y como cada jueves desde que llegué a Londres él llegaría a las siete al supermercado, y yo lo seguiría hasta provocar un encuentro artificial donde dedicarnos una fugaz sonrisa. Luego, sólo tendría otros seis días para intentar teñirlo.
 Tintes de ropa, acrílicos, sprays, pintura de pared, ningún producto me sorprendía. Lo había probado todo y nada funcionaba.
De repente, el rechinar de la puerta de emergencia me sacó de mis pensamientos.

        –¿Dónde lo pongo?–.
–Aquí está bien– respondió el encargado colocando recto el perchero con ruedas.

        Noté como la alegría recorría mi piel hasta condensarse en una capa acuosa sobre los ojos. No podía creer lo que veía.
En la percha había decenas de abrigos de todos los colores, verdes, amarillos, turquesas. Incluso rojos.
Antes de que la multitud se diera cuenta de mi descubrimiento, me abalancé sobre la mercancía y cogí cuatro rojos de una vez.

        –¿Quieres alguno?–.
La excitación del descubrimiento amortiguó en parte el pestilente olor a mucosidad que emanaba de la boca de aquel viejo.
 Afirmé con la cabeza.
        
–¿Por qué?–. La pregunta, que parecía haberse pegado en el paladar del hombre antes de salir pegajosa al exterior, me pareció ridícula.

        –¿Por qué?– repetí atónita.
Fruncí el ceño, y agarrando uno de los extremos de mi abrigo lo levanté algo indignada.

        –Es gris–.
–Ya lo veo. Por eso te lo pregunto–.
        
–Perdone. Pero tengo que encontrar mi talla y si sigue entreteniéndome vendrá esa marabunta de allí y me la quitará–.
        
Perpleja y sin soltar los abrigos que rebosaban en mi brazo me dispuse a seguir buscando.
El hombre soltó una carcajada.
        –Estás loca. No te lo quitarán–.

        –¿Cómo?. ¿Es que no lo venden?. Tengo que llevarme al menos uno–.

        –Sí que lo vendemos, pero sólo al que lo necesita–.

        Algo desconcertada, hice caso omiso a las palabras del anciano y volví a fijar mi atención en los abrigos.
        
–Ésta debe ser tu talla–.
Recelosa giré la cabeza.

        –Toma–.
Parecía mi talla y era rojo como la sangre.
        
–Venga. Póntelo–.
 Alargué el brazo, lo cogí y con un gesto rápido me lo puse. Efectivamente era mi talla.

        –¿Qué tal?. ¿Cómo te sientes?–.
Suspiré antes de decir nada.
        –Me siento muy bien–.
        
–Mira a tu alrededor– susurró el viejo.

        Así lo hice y durante unos minutos fue increíble. Me sentía atractiva, poderosa, llamativa. Tenía la sensación de que el mundo se pondría a mis pies con sólo chascar los dedos.
 Pero pronto algo me asustó. 
La gente empezó a volverse más y más borrosa hasta desaparecer. Pasó con los que llevaban abrigos morados, verdes, naranjas, con todos y cada uno de los colores, excepto con el rojo.

        –¿Qué es esto?. ¡Quiero quitármelo!– grité desesperada.

        –Sólo un minuto más– dijo el anciano recolocándome el tejido sobre los hombros.
        –Observa–. 

        De repente, los de abrigo rojo cayeron en la misma desgracia. Delante de mí se desvanecían sin remedio. Pero esta vez había algo distinto. Esta vez no todo desapareció, los abrigos seguían ahí, sujetos por perchas invisibles. Telas fantasmales flotando solas, levitando errantes por las calles del supermercado.
 Eclipsada bajo los fuertes latidos de mi corazón, la vocecilla débil y cascada del anciano quedó relegada a un segundo plano, perdida en la corta distancia de apenas cincuenta centímetros que separaban su boca de mi cara. Por su tono amargo y cansado, supuse que no era la segunda, ni seguramente la tercera vez que me repetía la pregunta.
        –¿Qué si es esto lo que quieres?–.

        No respondí. Arranqué el maldito abrigo de mi cuerpo y cogiendo el mío gris salí de allí como alma que lleva el diablo.
 No recuerdo el tiempo exacto, quizás fue una o quizás fueron dos las semanas que el miedo me mantuvo alejada del supermercado. Pero ese día, algo más fuerte que yo me obligaba a salir a buscarlo.
 Crucé las puertas automáticas despacio como si el suelo bajo mis pies fuera de cristal agrietado. Sabía que estaría ahí. Hoy era jueves, tenía que estar. Y yo, yo sólo necesitaba verle y con suerte, si me atrevía, pasar por su lado y llevarme conmigo el aroma sensual y tibio de la madera de cedro de su perfume.
        
–¿Puedo ayudarte?–.
        
El olor a mucosidad que da una sinusitis mal curada penetró hasta lo más hondo de mis fosas nasales. No necesitaba darme la vuelta para saber que era el viejo, pero aún así lo hice. Por la intensidad del olor hubiera jurado que estaba más cerca, pero me equivoqué, el viejo aún se encontraba a varios metros de distancia. Con las manos detrás de la espalda y una sonrisa burlona, sus pequeños pero ágiles pasos habían salvado rápidos los metros que nos distaban. Tan rápidos como para no darme tiempo a huir.

        –¿Qué fue aquello?– pregunté retrocediendo un par de pasos.

        –¿Qué?– respondió el anciano invadiendo la loseta que acababa de dejar libre.

        –Lo del otro día– dije intentando ver disimulada lo que escondía el viejo.
        –Lo de los abrigos–.
 El viejo clavó sus ojos sobre los míos, y tras acentuar brevemente la sonrisa, sacó las manos de detrás de la espalda.

        –¿Gris?–.
Ese era el color del abrigo que sostenía tras de sí. Tan gris como la ceniza, como el humo que tose el tubo de escape de un coche, tan gris como mi abrigo.

       –Nosotros tenemos algo especial– balbució el anciano.
       En ese instante, toda la seguridad que había mostrado días atrás se esfumó. Ahora, la timidez y el miedo escénico de un niño pequeño abrazaban sus palabras.
Cuando me quise dar cuenta mi mano acariciaba su brazo con dulzura.
       –Siga. Le escucho–.
       –Podemos verlos sin que su luminosidad nos deslumbre. Con nuestro gris podemos verlos tal cual son.
       Estúpidamente, agudicé la vista como si aquel gesto me ayudara a entender mejor la explicación entrecortada del anciano.

       –El intenso brillo de sus abrigos les ciega de tal forma que no pueden verse entre ellos. Son increíblemente maravillosos pero creen que su color es el único que merece la pena ser visto. Los abrigos lo captan y sólo les dejan ver eso.
       –¡Pero las personas se vuelven invisibles!– respondí en un tono más alto del que hubiera deseado. –En esta ciudad todos somos invisibles... hasta que alguien nos descubre. ¿No crees?– susurró el viejo señalando algo.

       No pude evitar seguir la dirección que marcaba su dedo. En el pasillo de enfrente, despistado, el chico del abrigo rojo rebuscaba en una de las estanterías. Había llegado una hora antes.
        Intrigada, torcí la cabeza para leer lo que estaba escrito en el gran bote que acababa de coger. “Pintura gris”, decía.
 La inmensa alegría que sentí duró poco. La voz de aquel camillero me golpeó como una guantada dada con fuerza y sin avisar.
        
–Señor Smith. Tiene que venir con nosotros–.

        –¿Qué hacen?–.
–Este señor es paciente del Hospital Maudsley–.
        
–Hola Eddy–dijo el viejo resignado.

        –Hola señor Smith. Ya sabe como va esto–respondió amable el joven ofreciéndole el brazo.
        –Pero, no está loco. Yo también lo vi– musité confundida.

        A mi lado, el segundo camillero mascaba algo entre sus dientes mientras me escaneaba con la mirada.

        –Es convincente el viejo, ¿verdad señorita?. No me lo diga, ha usted también le ha contado la tontería de los abrigos–.
        
–¡Pero yo lo vi!–exclamé.

        –No sé lo que ha visto, pero por su bien no vaya diciendo esas cosas por ahí a no ser que quiera terminar como él. ¡Mundo de locos!– gruño el joven dándome la espalda antes de acabar la frase.
        Me quedé callada, desolada, notando el recorrido templado y sereno de una lágrima que bajaba
acariciando mi mejilla hasta los labios. Allí, sentí el salado de su gusto.
De repente, justo cuando el anciano estaba a punto de salir del supermercado escoltado por los dos camilleros, apreté los puños y llena de verdad grité. Grité tan alto como mis pulmones me dejaron.
        –¡Yo también lo vi!. ¡Usted me lo enseñó!–.
        
El anciano giró el cuerpo todo lo que los forzudos brazos de los camilleros le permitieron y sonrió.
        –¡No te dejes deslumbrar!– gritó antes de que las puertas automáticas se cerrasen tras él. Permanecí allí de pie durante unos minutos más acariciando mi abrigo gris, hasta que detrás de mí una voz dulce y masculina me sorprendió.

        –¿Estás bien?–.

        El aroma sensual y tibio de la madera de cedro me rodeó. No necesitaba darme la vuelta para saber quién era. Pero aún así, lo hice.

"Siempre manzana"

sábado, 15 de marzo de 2014

B. B.

“¡Siempre manzana!  ¡Siempre manzana!” -pensaba gruñendo el pequeño gusano de la manzana, mientras avanzaba mordisco a mordisco por dentro de una, muy roja y tierna.
“Admito que el sabor está bien, el aroma, la textura…pero es que… ¡siempre manzana! Y sé que no probé ni la décima parte de clases, ni viviré lo suficiente como para hacerlo; las hay dulces del norte, agrias de Australia, enanas de frío… pero es que es eso… ¡Siempre manzana!”
“¡Ay…! Quien me diera aunque sólo fuese por un momento relamerme en la dulzura de una pera, sumergirme en la esponjosidad del melocotón, experimentar el refresco masivo de la sandía…”
“Sin embargo, aquí estoy, relegado a esta fruta, a hacer galerías sin parar que no me llevan a ninguna parte más que a…  ¡siempre manzana!”
De repente el gusanito gruñón, tras un gran bocado, llega al mismo corazón de la manzana. Allí de repente se topa de frente con unos enormes ojos oscuros que lo miran con curiosidad. Y es que al mismo tiempo y tras otro mordisquito, una gusana de la manzana está también en el corazón de ésta.
El gusano la mira y siente algo nuevo. Con los mofletes inflados aún masticando el último bocado se miran profundamente. Tragan y siguen mirándose. Sonríen. Entonces, el gusanito va a decir algo, pero algo pasa. Todo tiembla, parece desmoronarse; en cuestión de segundos un palo redondo de madera cruza el corazón de la manzana de manera brusca. Aunque les extraña , la pareja sigue mirándose embobada. El gusano se decide de nuevo a hablarle, pero, otra vez, algo sucede. Por el hueco que dejó el palo, una catarata de mortífero caramelo ardiendo se precipita sobre ellos. El gusanito huele y casi saborea el maravilloso sabor del caramelo que se les viene encima, pero en vez de abrir la boca y cumplir su deseo de probar nuevos sabores, la cierra con todas sus fuerzas para poder vivir unas milésimas de segundo más y así seguir viendo esos ojos que tiene enfrente.
En un segundo, caramelizados por el ardiente torrente de caramelo, los dos gusanos se miran para la eternidad, pensando con alegría en los últimos momentos,  como a voz en grito…
¡Siempre manzana! ¡Siempre manzana…!

"La Ratita Presumida"

domingo, 23 de febrero de 2014

LUIS GELADO

Mala vida esta del pub, incluso para la Ratita Presumida, curtida en mil batallas tras la barra. Con el rabillo del ojo vigila la travesuras de sus clientes, nada nuevo para la Ratita Presumida. Es sólo un trabajo, pero hace tanto, tanto tiempo que no piensa en sí misma, en sus sueños y ambiciones, que el simple hecho de recordar que existen la llena de dicha.
Y allí está ella, con su tocado mil veces retocado hoy frente al espejo, y sus mechas, como si de una azafata de vuelo se tratara, con su anillo de casada testimonial, pues cree que nunca ha sido querida como merece, con sus veintisiete años, unas cuantas más frustraciones y bastantes más riñas familiares, vacaciones no disfrutadas, una separación más aliviadora que dolorosa, grandes dosis de desarraigo y un acento cockey, forjado tras la barra, que, cree, la penaliza a la hora de encontrar a su medio pomelo en sus contadas citas por internet.
Allí está la Ratita Presumida, junto a la caja, ojo avizor para cortar de raíz los desmanes de la clientela ebria, mostrando su mejor sonrisa al paisanaje del pub, consciente de que su fachada dulce no pasa de gesto automático, tan somatizado y repetido que casi amarga cada vez que lo interpreta.
Pero ahí mismo, junto a la caja, yace el formulario que ha dado alas a su imaginación e iluminado sus mañanas en los últimos días.  Aquel “I just wanna become a nurse”, pronunciado tantas veces en su adolescencia que ha vuelto a cobrar sentido. En la televisión, un locutor deportivo grita con entusiasmo “One hundred and eighty”, cada vez que uno de los tiradores de dardos alcanza los tres veintes triples, ajeno a la indiferencia que su entusiasmo fingido despierta en la parroquia de este public house londinense.
No consigue la Ratita Presumida enfocar su mente para deslizar su bolígrafo por las incontables casillas y apartados del maldito formulario lleno de formalismos y preguntas que no vienen a cuento y decide dejarlo aparcado una vez más con la excusa de inmiscuirse en la conversación de algunos de los habituales o para sacar de la máquina una nueva partida de vasos de pinta, despojados de la espuma reseca de los bordes que castigará mañana la lucidez de sus bebedores.
La Ratita Presumida, que me perdone por así referirme a ella, es una roedora apetecible para cualquier varón ebrio e incluso sobrio. Insinúa las curvas de sus caderas con unos jeans ajustados sobre cuya parte superior se desliza una chaqueta de punto de color hueso que la protege del frío de la puerta abierta una y otra vez por esos desalmados que no paran de salir a fumar a la calle. En su nariz, una perla clavada que no siempre le gusta pero que la hizo sentirse diferente cuando decidió sumarse a la moda noventera del piercing y ese maldito formulario que sigue alimentando su esperanza junto a la caja.
Would you have one more paint, Barry?”. Conoce bien su trabajo, su poder sobre la tarima que recorren sus botines negros de medio tacón adornados con tachuelas, responsables del dolor de pies y espalda de cada mañana, cuando limpia en soledad su hediondo y pegajoso lugar de trabajo.
I´ll see tomorrow, Ian”. Un nuevo caído en la tarde noche se retira victorioso para amanecer derrotado, otra sonrisa fingida como despedida, destilando a partes iguales rechazo y compasión.
La hora de cierre se acerca y vuelve a sentirse grande, aún con ese maldito formulario que va a cambiar a su vida siquiera a medio rellenar. Vuelve a reinar tras la barra, nota las miradas de deseo de algunos de sus clientes, erotismo y asco en el mismo vaso, algunos de ellos darían lo que fuera por aliviar sus vidas incompletas y sueños frustrados con un beso o un guiño cómplice, cosas que no sucederán porque la Ratita Presumida volverá a intentar mañana finalizar y enviar ese formulario que la aleje para siempre del olor a cerveza reseca sobre la moqueta, de las arcadas al limpiar el baño no respetado. Puede que no lo consiga, que se arrepienta, que desista, pero la esperanza la mantendrá viva, sonriente, mucho más atractiva y apetecible. Así es ella y ójala que nunca deje de serlo.

"A Victoria window pane"

SABERA AHSAN

I cling on to the freezing yellow rails stumbling at every bump and turn only to stare out of a dirty winters pane in hope and fear that among a crowd of faceless commuters I may see a glimpse of that floppy black hair I gently caressed on my aching lap and the impenetrable face of a man now so distant that broke my heart a thousand times.

"Una ventana de Victoria"

Me aferro a las congeladas barras amarillas, dando traspiés en cada bache y giro, solo por mirar hacia afuera, a través de la luna, sucia por las inclemencias invernales, esperando y temiendo que entre la multitud de viajeros sin rostro, pueda ver un cachito de ese pelo negro lacio que tantas veces había acariciado en mi dolorido regazo y de esa la impertérrita cara de un hombre que, ahora tan distante, había roto mi corazón mil veces.

"La chica pelícano"

jueves, 13 de febrero de 2014

SABERA AHSAN

Sabrina tenía 15 años, era una chica pequeña con el pelo negro y rizado. Se tiñó el flequillo de color rubio con una lejía especial para mujeres asiáticas peludas. La utilizaban para ocultar sus bigotes oscuros y el pelo facial. Sabrina quería parecer más europea.
Un día, un chico del cole que había visitado recientemente Italia le dijo que parecía a una chica italiana. Sabrina estaba eufórica, esto significaba que estaba empezando a desarrollarse como mujer y a tener un aspecto diferente.  Finalmente, pudo dejar atrás los días en que los chicos sólo la veían como una huesuda bengalí luchadora que no encajaba, solamente apta para una sola cosa, burlarse y luchar contra ella. Como si una niña de 12 años de herencia bengalí no tuviera sentimientos, ni alma, ni sintiera dolor alguno. Ella anhelaba el amor y ser adorada, como cualquier otra chica inglesa. Sabía que cualquier cosa podría pasar  a partir de ahora, porque estaba al borde de algo nuevo; su madurez como mujer y la nueva feminidad significaban que su cuerpo iba a cambiar, su figura se llenaba de voluptuosas y preciosas redondeces, las mejillas se volvían más rollizas y rosadas, con los ojos brillantes y su pelo encontraba de repente una vida propia que antes no poseía. De hecho, frente a ese pelo lacio y escuálido, su nuevo cabello se mostraba lleno de cuerpo y rebosaba rizos, pero una cosa le falló, era todavía muy pequeña de estatura.
Un chaval de 18 años de edad del colegio llamado Jonathan la había visto desde lejos mientras esperaba en la cola del comedor. "Mira a esa chica de primero, va a ser una verdadera tía buena cuando llegue a cuarto." "Tonto”, respondió su amigo, “que ya está en cuarto”. Cuando Sabrina escucho a través de la red de chismes del que Jonathan la amaba, su corazón cantó y bailó. Era la primera vez que alguien siquiera la había mirado románticamente y éste no era un chico cualquiera, era uno de los populares. Cada chica se imaginaba a sí misma con Jonathan Walker. Pero él había amado a una chica llamada Erin desde que tenía 12 años y fueron novios hasta sus 17, cuando ella lo abandonó por su mejor amigo Peter. Se rumoreaba que  Jonathan nunca superó lo de Erin y que se había hecho famoso por haber tenido amoríos con muchas chicas sólo para ocultar su dolor. Ahora había visto algo de la joven Erin en los ojos de Sabrina y quería salir con ella.
Sabrina quería ser amada por Jonathan también y la única manera de conseguirlo era ir al pub con los demás los viernes, pero a ella, como bengalí y musulmana, no le estaba permitido ir y, por tanto, como siempre, se quedó en casa con su familia, a pesar de que ya pasaba la mayor parte del tiempo haciendo los deberes, soñando o viendo "Top of the Pops" o "Vecinos" en su televisor en blanco y negro en una habitación empapelada con rayas multicolores. A veces, su amiga Salma Khan, una niña paquistaní, venía a casa y ambas conversaban sobre lo difícil que era la vida del cole y lo mucho que soñaban las dos con el gran universo allá afuera que sería mucho más tolerante y cosmopolita que el mundo escolar. Salma Khan era una niña musulmana tradicional y conformista que llevaba unos largos pantalones verdes y estrechos con una trenza larga y negra para ocultar su pelo desenmarañado. Los pantalones hacían muy poco para ocultar sus crecientes caderas o el amor platónico pero apasionado que sentía por el señor Jones, el profesor de geografía. Pero Salma condenaba con firmeza el progresivo acortamiento de la minifalda de Sabrina. También reprobaba violentamente la idea del pub y advirtió a Sabrina de la ira de sus padres si se enteraban del plan, pero, después de una hora de suplicarle, prometió desde el dormitorio a rayas que iba guardar su secreto mientras Sabrina se preparaba para su primera verdadera cita con Jonathan en el Pelican Pub. Sabrina meticulosamente se alistaba para la noche. Llevaba vaqueros, una camisa roja ajustada y un chaleco. El Pelican Pub quedaba a dos kilómetros de distancia por lo que el único medio de transporte para Sabrina era una vieja bicicleta con flores rosas y un timbre en forma de cúpula. La bicicleta llevaba una cesta blanca en la parte trasera. Sabrina remató su look con pintalabios rojo, dos golpes de colorete en sus mejillas y líneas de Kohl cuidadosamente marcadas de negro bajo sus ojos. Ahora sí que parecía una mujer.
Salma se despidió de Sabrina mientras vigilaba a los padres de su amiga y Sabrina se tambaleaba en su bicicleta rosa durante aquella noche tan fría. La carretera estaba llena de tráfico y Sabrina jadeaba pesadamente mientras pedaleaba en su bici a toda velocidad - destino el Pelican Pub. Estaba nerviosa, preocupada porque ella nunca había estado en un pub antes y le faltaban tres años para entrar de forma legal, pero, a pesar de que sus piernas eran algo flacas, estaba armada con su nueva y completa figura, su flequillo teñido rubio con lejía de bigote y su voluptuoso pelo rizado. Ahora era el momento para hacer frente al mundo de los adultos, donde todas las chicas del cole encontraban el amor. Por encima de todo ahora ella parecía una italiana.
Cuando se acercó a la enorme y amenazante puerta del pub, sintió que sus ojos lloraban de frío y el Kohl corría por su rostro. Cuando se acercó a la entrada un enorme hombre calvo la miró de manera extraña. “¿La puedo ayudar señorita?" Sabrina apenas podía ver a Jonathan en el interior del pub, avasallado por una desaliñada chica alta y rubia. La rubia se colgó de su cuello mientras sorbía su cerveza pero él parecía inquieto y miraba a su alrededor como si estuviera buscando alguien. "No puedes entrar en este pub esta noche, eres demasiado joven", exclamó el portero a una mortificada y avergonzada Sabrina. "Pero tengo 18 años", insistió. "¿Entonces dónde está tu DNI?" "No lo tengo" los ojos de Sabrina comenzaron lagrimar con más violencia y  justo en ese momento los ojos de Jonathan encontraron los suyos. Sintiendo la humillación que sufría, el chico se acercó a la desaliñada rubia y se escapó a otra parte del pub. En ese momento,  Sabrina sintió el dolor en su corazón, estaba a punto de explotar e incluso sentía que la tierra se la iba tragar entera, no podía más ocultar la vergüenza que sentía. De repente, se asustó por el sonido de la voz grave y fuerte de un hombre.
"¿Qué carajo estás haciendo en el pub?" Horrorizada al darse cuenta lentamente de a quién pertenecía esa voz, poco a poco se dio la vuelta y vio a su padre mirándola desde su Toyota plateado, donde su madre, Salma y los padres de Salma estaban sentados mirándola con desaprobación. MÓNTATE  EN LA BICI Y VETE A CASA!, bramó su padre con la voz más aterrorizante que había oído en su vida. Los faros intermitentes del Toyota Corolla se movían lentamente y producían una luz brillante que mordía rueda trasera de la bici de Sabrina, iluminando todo su dolor y humillación, pero Sabrina seguía pedaleando la bicicleta frenéticamente camino a casa por la gran carretera de la vergüenza. Los coches a toda velocidad la pasaban silbando a toda velocidad, gritando obscenidades racistas mientras Sabrina se limpiaba las lágrimas mezcladas con kohl negro que corrían por su rostro. Llevaba un dolor helador en el pecho. Fue el viaje a casa más largo de su vida.

"Pinzas"

lunes, 10 de febrero de 2014

B.B.

…Rob-ID esperaba a la familia en el gran recibidor de la mansión. La señora bajó las escaleras con una gracia especial, casi haciendo un homenaje al disfraz de dama de época que llevaba. El señor, acabando de comprobar si el coche había llegado, la recibió al final de la escalinata, con una medio reverencia impostada; algo extraño para un troglodita de las cavernas; y es que este año el cónsul se había decantado por un disfraz menos caballeresco, principesco o vaqueril.
Rob-ID pronto sintió a los niños rondándole a voz en grito mientras blandían sus espadas de plástico entre ellos y luego contra él. Sonrió. “Dejad a Rob-ID que lo vais a estropear y luego quién hará la cena”, dijo la señora, guiñándole un ojo al robot mayordomo. Los niños siguieron su batalla en el driveway donde un reluciente Rolls vintage ya esperaba con la puerta abierta y la luz de cortesía encendiéndose suavemente en la oscuridad de la finca.
El chófer, un modelo Chof-i, bajó en cuanto sus circuitos detectaron movimiento. El educado y sonriente robot se colocó en la puerta de pasajeros, invitando a que entraran. “Vendremos en tres horas… espero. Conecta todas las alarmas y prepara la chimenea para después”, dijo el cónsul, con una ridícula barba pintada a cera. La señora lo agarró por el cuello como para ahogarlo. “Anda vamos a disfrutar un poco y deja a Rob-ID , que ya sabe qué hacer”. La señora volvió a guiñarle un ojo al robot, que esta vez, no pudo evitar proyectarle una tímida sonrisa.
Tras verlos meterse en el coche, Rob-ID cerró la gran puerta de la casa. Como de costumbre, permaneció un minuto con la mano en el pomo, por si el señor se hubiera olvidado los guantes, algún papel o sus gafas de cerca. Pero esta vez el ruidoso Rolls dejó paso, poco a poco, al silencio de la noche.
Rob-i se dio la vuelta y miró alrededor. La fiesta de carnaval de todos los años era una noche especial. No hay nadie en casa, ni de la familia ni del servicio y Rob-ID se queda solo, sin nada que hacer. Lo único que desea es poder ver las fotos que año tras año, devora una y otra vez. Y es que a Rob-ID le había encantado siempre el carnaval.
Tras chequear todo tres veces, Rob-ID se quedó parado en el hall, mirando a la puerta. Pero de repente, en unos segundos, a sus circuitos de espontaneidad controlada llegó un impulso de 8v que le hizo pensar en… disfrazarse.
Tras calcular varias veces posibilidades, parámetros, pros y contras, Rob-ID empezó a subir las escaleras hacia el cuarto de juegos. Abrió la puerta de la colorida estancia y empezó a buscar algo que le pudiera servir. Localizó una peluca que rápidamente se colocó…pero la suavidad y la forma de su cabeza hizo que le resbalase hasta caer al suelo. Optó entonces por unas pinturas. Rob-ID se empezó a pintar un gracioso parche pirata, en su reluciente ojo sin párpado, pero la pintura no se le quedaba pegada en su aleación especial. Miró entonces un sombrero de copa. Se lo puso, pero la abertura era demasiado grande y su cabeza desapareció dentro del complemento.
Entonces, en la oscuridad del sombrero, sus circuitos volvieron a fluir y comprendió qué era el carnaval. No es ser algo distinto, es ser algo distinto que tú quieres ser. Rob-ID lo tuvo claro. Guiado por su HOME PS avanzó a ciegas por la casa con su cabeza dentro del sombrero.
Llegó al baño y colocándose delante del espejo se lo quitó lentamente. Viéndose reflejado, Rob-ID volvió a pensar.
“¿Qué quiero ser? ¿Qué siempre quise ser? Otros de mi serie, soñaban con ser robots chef, robots de seguridad en grandes corporaciones, pilotos… yo… yo… lo que siempre quise ser fue… unas pinzas alisadoras. Sentir el cabello, conseguir el efecto perfecto, lograr no quemar ni castigar la melena…”
Mientras pensaba en todo lo que podía hacer, Rob-ID ya se estaba tocando el pecho accionando la puertecita de su chip central. Al abrirla, el humo del nitrógeno líquido se diluyó en la cálida atmósfera del baño. Rob-ID, decidido, metió sus manos y sacó con delicadeza la diminuta esfera plateada del circuito central. Por un momento, sosteniendo su corazón metálico entre las manos, se detuvo y volvió a mirar al espejo; viendo la esferita llena de diminutas luces tintineantes, se estaba viendo a sí mismo. Entonces, avanzó hacia las pinzas alisadoras posadas en una banquetita. En apenas cinco minutos Rob-ID adaptó la esfera a las pinzas. Sólo un pequeño cable de platino unía la esfera al cuerpo de Rob-ID. Haciendo un rápido cambio de parámetros, Rob-ID empezó a sentir, a vivir como unas simples pinzas alisadoras.
Era feliz. Enseguida, empezó a calentar sus pinzas, moverlas, experimentar las diferentes opciones, intensidades… Estaba maravillado. Aun no teniendo toda la inteligencia y las posibilidades que su cuerpo de siempre le permitía, Rob-ID se sentía realizado.
Y es entonces, en ese torbellino de sentimientos eufóricos, cuando descubre que no está disfrazado; que el disfraz fue siempre esa ridícula carcasa de robot mayordomo que ahora lo miraba a 50 centímetros, con unos ojos sin vida.
Rob-ID se había des-disfrazado.
Por precaución, no podía estar en su nuevo cuerpo mucho más tiempo; aunque le era difícil de asimilar, por primera vez en su existencia estaba siendo él realmente. Entonces, un nuevo torrente de alocadas ideas comenzaron a circular por los circuitos del robot. Con lógica, las fue descartando una a una, pero en el último momento, cuando con algo de tristeza estaba a punto de regresar a su cuerpo, unas palabras que acababa de oír, de la señora, resonaron en lo más profundo de su inteligencia de silicio: ” …deja a Rob-ID; él sabe qué hacer.”
Así, acto seguido, con toda la calma y delicadeza, las pinzas atraparon el cable que unía ambos aparatos. Rob-ID las cerró con todas sus fuerza calentándolas tanto como pudo. En unos segundos, el cable de unión se rompió soltando un par de inofensivas chispas.
Rob-ID no era más Rob-ID, era Pinz-i; lo que siempre quiso ser.
A la mañana siguiente fue un silencioso y discreto testigo de los sollozos de unos y los enfados del otro, mientas se llevaban el cuerpo sin vida de su, ya, anterior cuerpo. Pinz-i también se disgustó un poco al principio, pero se le pasó pronto; el fin de semana cenaban fuera y la señora debía estar espectacular.

"¿Y ahora?"

sábado, 8 de febrero de 2014

A.D. ALEMÁN


Dos silbidos rápidos, uno corto y otro largo. Estaba seguro de que provenían del final de esa calle. 

Sus extremidades le empezaban a fallar, pero aún así la recorrió lo más deprisa que pudo. Fue frustrante comprobar que tampoco estaba ahí. Tan frustrante como en las otras calles que le habían hecho desembocar en aquella. 

Llevaba horas persiguiendo un sonido armónico que incesantemente le llamaba y desvanecía su ilusión en cada esquina que descubría vacía.

El camino se abría a izquierda y derecha. –¿Y ahora?– pensó. De nuevo los silbidos, uno corto y otro largo, le guiaron claramente a la izquierda. Sin aliento, enfiló la nueva calle tirando de su cuerpo en la dirección indicada hasta toparse con las cancelas de hierro forjado que la cortaban. El silbido le pedía entrar. Dos veces como siempre. Inconfundible. 

Agotado, dejó caer la cabeza entre las rejas y observó el campo de maleza seca que se extendía tras ellas. Entre las cruces de madera, esculturas afligidas de ángeles y vírgenes de mármol le miraban expectantes. 

Los silbidos se hicieron más repetitivos hasta no haber espacio entre uno y otro, hasta convertirse en uno solo infinito. Ya no le pedía entrar, se lo ordenaba. Cogió todo el aire que sus viejos pulmones pudieron albergar, se armó de valor y obedeció. 

Nada más cruzar las rejas los silbidos se ralentizaron como el ritmo de su enfermo corazón. Por fin había llegado a su origen. El fondo de la tierra, debajo de uno de los pivotes de cemento. No había duda, era él.

Despacio, con sus pequeños ojos llenos de felicidad, se acostó sobre la tumba y comenzó a ladrar y mover la cola tanto como sus pocas fuerzas le permitieron. Un silbido, un latido, un silbido, un latido... Cada vez la frecuencia de ambos era más lenta.

Minutos más tarde, el cementerio volvió a quedar en silencio.

"El cementerio de mi padre"

jueves, 30 de enero de 2014

SABERA AHSAN 

Hoy fuimos al cementerio donde yacen los restos de mi padre. Eran las siete y ya estaba oscuro y no había nadie menos Sara, mi madre y yo. Y no se veía nada salvo alguna que otra luz procedente de los coches que pasaban por una calle bastante alejada. El cementerio de los cristianos, al lado, estaba completamente oscuro, verde y gris, totalmente muerto y silencioso, ni un sonido, ni movimiento venia de allí. En cambio, el de los musulmanes estaba locamente vivo, con el viento del temporal y mil sonidos que se oían procedentes de los dulces timbres de carillones o molinos de viento de papel y de cada tumba de mármol, cubiertas en flores de todo tipo que brillaban bajo la enorme luna de navidad.  Allí estábamos las tres, rezando al lado de la tumba de mi padre, "AKM AHSAN-ULLAH, marido, padre, amigo de todos", abrazadas por tanto ruido y vida de los muertos musulmanes, inquietas por el temporal que azotaba Manchester. Cuando acabamos la oración por los muertos, nos dirigimos hacia la puerta del cementerio sorteando las tumbas, la salida no quedaba muy lejos. Sara andaba primero, yo última para proteger a mi madre, que permanecía entre las dos hijas.  De repente, el sari del mi madre comenzó a volar al viento como si tuviera vida propia, como si fuera un fantasma de pura seda. Un arbusto espinoso de una de las tumbas enganchó el vestido de mi madre mientras que, por más que ella más intentaba desenredarlo, más el arbusto se asía a él, no quería dejarla escapar del cementerio. Con ansiedad, saqué la linterna de mi móvil para ver mejor lo que había atrapado a mi madre pero y, como llevaba guantes negros de piel, decidí agarrar con fuerza al sari de mi madre y lo arranqué de un tirón del brazo espinoso que la tenía atrapada. Al final, se liberó de su apresador.... no miramos atrás pero se seguía oyendo el dulce timbre de las decenas de carillones de viento desde la calle cuando, al final, subimos al coche. 

"La Tormenta"

sábado, 25 de enero de 2014

B.B.
Los grandes búfalos pastaban tranquilos sobre la vasta extensión de tierra infinitamente tapizada de un verde que el sol y el viento dotaban de diferentes tonalidades. En su eterno rumiar, las bestias también fijaban su atención en las dos figuras que desde un montículo los observaban.
–¿Qué te preocupa tanto, que te impide vigilar la manada? –dijo la mayor de las dos con aire de autoridad. Era el gran jefe indio de la tribu.
–Padre, quiero subir allá arriba donde ni siquiera las poderosas nubes pueden llegar –respondió el chico, que fijaba su excitada vista hacia lo alto.
–Mmmm…! La gran roca del viento, pero… ya sabes que allí mora el gran águila, que al ver amenazado su nido puede hacer, sin mucho esfuerzo, que te despeñes por la ladera.
–¡Ja… Ja…, el gran águila! No le temo ni un poco. Pelearé y lucharé con ella hasta hacerla desistir de sus intenciones –dijo el chico firmemente.
–Bien, hijo. Entonces, cuando hayan pasado unas estaciones y seas ya un hombre, podrás subir hasta la lejana cima.
Así, en su cuenta atrás hacia la aventura, el chico esperó impaciente a que otro día más pasara.
A la mañana siguiente, padre e hijo esperaban algo de pesca en el caudaloso río que discurría cerca de sus tierras.
–Algún día, padre, iré a lo más hondo del río, donde ni sol ni luna pueden llegar con sus brazos de luz –dijo acercándose a la orilla.
–Ya veo… –le contestó el padre, aparentemente tranquilo y sin apartar la vista del agua–. Aunque debes saber que a esa profundidad te encontrarás el pez mordedor, que unas pocas dentelladas puede incluso herirte de muerte.
–¡Ja… Ja…, el pez mordedor! Seré tan fiero como él hasta que lo haga salir del agua por su propia voluntad.
–Si ese es tu deseo…, entonces bajarás allí cuando hayas crecido un poco más.
Así, en su cuenta atrás hacia la aventura, el chico esperó impaciente a que otro día más pasara. Ya de noche, cuando la tierra cede toda su majestuosidad al cielo, donde miles de estrellas con la rebosante luna a la cabeza parecen rivalizar con el sol, los dos indios observaban el firmamento.
–¡Ay, padre! Vendrá un día en el que llegue a lugares tan lejanos que ningún hombre haya podido ni imaginar.
–Ya…, pero no será difícil que en ese tu gran viaje encuentres peligrosas fieras y gentes con malas intenciones –advirtió el padre.
–¡Ja… Ja…! Cazaré a toda fiera que ose cruzarse en mi camino y me servirá de alimento. Sus carnes me harán más fuerte para poder luchar contra ladrones y bandidos –respondió el chico firmemente.
–Bien, hijo mío. Entonces no seré yo el que te retenga en ese momento.

Así, en su cuenta atrás hacia la aventura, el chico esperó impaciente a que otro día más pasara. Una vez acostados, oyó como una tormenta rugía en la distancia. Algo asustado, fue corriendo a la tienda de su padre.
–Padre, déjame dormir contigo esta noche –dijo el chico en voz baja mientras su padre se incorporaba lentamente.
–Sí, claro; pero antes dime la razón que te trae junto a mí.
–Es que la tormenta… –titubeó el chico.
–¿La tormenta…? Sabes perfectamente que el viento no la traerá por el poblado. Va en dirección contraria. Aquí estamos a salvo del rayo.
–Sí, pero… –el chico bajó la cabeza.
–Entiendo. De modo que no temes al afilado pico del águila, a la implacable mandíbula de un pez, a las fieras garras de las más horribles bestias… ¡y te asusta algo que sabes que no puede hacerte ningún daño! –dijo el padre seriamente.
Entonces, mientras continuaba hablándole, comenzó a acercar el dedo índice hacia el muchacho…
–Pues bien, hijo, acabas de conocer a tu peor enemigo, infinitamente más poderoso que los demás y al que deberás combatir durante toda tu vida, cualquier camino que elijas –dijo el gran jefe indio mientras su hijo con los ojos muy abiertos seguía atónito al dedo que suavemente se posaba en medio de su frente:
-¡Tu miedo!
Pensativo, el chico se retiró en silencio a su tienda. Poco a poco comenzaba a entender lo que su padre le acababa de transmitir.

Así, en su cuenta atrás hacia la aventura, esperó tranquilo la llegada de un nuevo día.

"Amantes"

domingo, 19 de enero de 2014

LUIS GELADO

Camina Lucille a trote ligero, más propio de poni y que de brioso corcel. Las piernas cortas y las nalgas prominentes con las que la naturaleza premió a las mujeres de su familia no dan para galope, sino para ser arrastradas de forma acompasada, para seguir acordes y ritmos, para atraer las miradas de los hombres.

Camina por los vericuetos de su nuevo hábitat y aprovecha el trayecto en autobús para repasar el contenido de su bolso sin extrañar nada que pueda trastornar su larga jornada laboral. Lápiz de ojos verde, barra de labios verde, pañuelos de papel del mismo color, una estampa de Santa Teresa y el libro de oraciones en español que tanto la reconforta. 
Se enfunda el uniforme de trabajo y se dirige a su mesa para afrontar una jornada más de movimientos automáticos, casi robóticos, repetidos con la misma cadencia día tras día, mientras recita para sus adentros las oraciones que la mantienen viva, alejada del mundanal ruido, sólo interrumpidas por comentarios de sus compañeros u órdenes ignoradas del supervisor. 

Y, de vez en cuando, cruza miradas con él, hechizado desde el primer día que la vio por el bamboleo de sus caderas, por lo esponjoso de sus labios, por el brillo de su piel oscura y por esa mirada que le cautiva y atemoriza a un tiempo. Y así pasan los días en la cocina, los de ella y los de él, entre cruces de miradas furtivos, palabras que se pronuncian hacia dentro y excusas para estar cerca uno del otro. 

Cada mañana ella llega temprano, para rezar por él, para bendecir su lugar de trabajo, y hasta sus cuchillos, pidiéndole a su dios que no le dañen, que no arruinen su plan. Cada tarde él busca trabajos extra para salir a la misma hora que ella y verla enfundándose su chaqueta verde antes de acompañarla hasta la parada del bus, comentando en tono jocoso los sucedidos en el duro día de trabajo y raza vez aludiendo a temas personales. 

Me gusta que te guste el verde, comenta él, sonrojado de timidez, en una ocasión
No podría vestir otro color aunque quisiera, responde ella, como suele, intrigante y evasiva.

Y los encuentros fuera del trabajo se van alargando, primero paseos por el parque en primavera, luego visitas a los museos que no parecen despertar en ella el más mínimo interés, hasta que una tarde en el pub las manos se acercan y tocan invitando a sus labios y al resto de sus cuerpos a hacer lo propio, a romper tabúes y precauciones, a dar rienda suelta a los deseos ocultos, contenidos sin razón durante tantas horas de sus vidas. Y él se lanza, le declara su amor con palabras lisonjeras, sacadas de tantas lecturas en solitario, memorizadas con la esperanza de encontrar a alguien que las merezca y se siente como nunca antes, agraciado, pletórico, libre de miedos, rescatado de la penumbra vital que se prolonga desde su adolescencia.

Han llegado a su casa, se han sentado en la cama y las manos de ella, pequeñas, se esmeran en recorrer de forma casi compulsiva cada centímetro de su cuerpo, en desenmarañar sus cabellos. asiéndose a su tronco y extremidades con fuerza mientras cumplen con un ritual de casi dos horas en el que ella, más experta, lleva la iniciativa conduciendo a su hechizado compañero al éxtasis mientras hunde sus uñas en el cuello de su amante que la mira horrorizado, demasiado para gritar, resistirse o, siquiera, apartarla.

Lucille sostiene ahora en sus manos el ejemplar de The Sun que se hace eco en portada de la aparición de un nuevo cadáver atribuido a la "Mantis religiosa", una asesina que devora parte de la cabeza de sus víctimas tras fogosas relaciones sexuales. Y sabe la amante que esta vez no le será tan fácil encontrar un lugar seguro donde poner sus huevos.

"I Will Always Love You" (Siempre te amaré)

sábado, 18 de enero de 2014

SABERA AHSAN

Even when I was four or five I had a vague image of you, a hazy idea what it would be to look after and love you.  I grew up from being a crazy little girl fighting the cruel world around me, a world that said I would never be a good person, nor that I would ever find true love, a life that would never amount to anything. So I fought so hard for you.

That scrawny girl eventually emerged in to a skinny, slight, self conscious woman, still ready to embrace the world of love and passion because I knew when you came to me; you would come to me from pure love.  One day on my 20th birthday in a dark, crazy disco I saw a tall, blond man dressed in a white fisherman jumper smile at me, whisper into my ear and then laugh at me as he walked away.  After Three months the man in the fisherman jumper kissed me gently on the forehead one night in the cold West Midland snow, on a Christmas evening and my life and future were now set in stone.

We hitched to Paris dressed in baggy jeans and red noses and under a famous stone arch he told me he loved me and I accepted that love. One summer we found ourselves continents apart and my heart fell to pieces so much that I could no longer breathe, I felt that death was chasing me everywhere and so when I saw him again I embraced life with all my body and soul and while I wasn't expecting you so soon, you came suddenly into my life.  I wanted you so much, as scared as I was, and as much as my body rejected you, I fought my body day after day until I became so weak and tiny my body couldn't sustain you anymore and so I had to let you go. After you left my body I ate a plate of chips because I hadn't eaten for 2 months. I was 21 years old plus one month, 4 days and 32 kilos. 

Every day for 10 years I dreamt of you and mourned your untimely departure but I dreamed every day you would come back to me soon - any day soon. When that man I loved finally broke my heart I crossed the seas to find you again but hope after hope was followed heart break after heart break and then a very dark period followed. It was a time of my life my mind that body began to fail me - I just didn't see it coming. I still fought for you but there was just no light ahead of me, no hope and then finally my body ran out of time, my mind out of sanity and my heart out of love.

I promise you I did everything to find you again and bring you back to life, back in to my life. Now I know I have to leave you finally and let go of you, as much as it breaks my heart and tears my soul into a thousand pieces. Whoever you were, whoever you are and whoever you were meant to be I am sorry I let you down. I am sorry my body wasn't strong enough to carry you or care for you. In my mind’s eye I will live that beautiful, sometimes difficult life I dreamt of having with you and while it was my decision to wait for you and not bring you into my life when I had the chance so many life times ago, I never ever forgot you and I will always and forever love you.

"Siempre te amaré" 

Incluso cuando tenía cuatro o cinco años creo que tuve una vaga imagen de ti, una idea borrosa de lo que sería cuidar y amarte. Era una niña loca que luchaba contra el mundo cruel que me rodeaba, un mundo que me dijo que nunca iba a ser una buena persona, un mundo que me dijo que nunca iba a encontrar quien me amaría, un mundo que me dijo que nunca llegaría a nada. Así que luché y luché vehementemente contra todos los obstáculos por ti.

Esa chica escuálida finalmente emergió como una mujer delgada, ligera y tímida, pero aún dispuesta a abrazar el mundo con todo el  amor y la pasión que llevaba dentro de mi alma, porque sabía que cuando llegaras a mí, llegarías con el amor más puro.

Un día, justo el de mi 20 cumpleaños, en una discoteca loca y oscura, vi a un hombre alto y rubio vestido con un jersey blanco de pescador;  me sonrío, habló conmigo y luego se río de mí. Después de tres meses, en una fría y nevada noche navideña, en las West Midlands, el hombre del jersey de pescador me besó suavemente en la frente  y mi vida y mi futuro estaban ya escritos en piedra. Nos escapamos a París haciendo auto stop por el camino, los dos vestidos con pantalones anchos y narices rojas de payaso y bajo un famoso arco de piedra me dijo que me amaba y yo acepté ese amor.

 Un verano en que nos encontrábamos en distintos continentes mi corazón se cayó a pedazos, tanto, que ya no podía ni respirar, sentía que la muerte me perseguía por todas partes. Así, cuando lo volví a ver, me aferré a la vida en cuerpo y alma. Yo no te esperaba tan pronto y, de repente, llegaste a mi vida. Te deseaba tanto y, sin embargo,  asustada como estaba, mi cuerpo te rechazó.  Luché contra mi cuerpo día tras día, hasta que llegué a estar tan débil y delgada que no pude sostenerte más y que tuve que dejarte ir. Después de que salieras de mí me comí todo un plato de patatas fritas. Llevaba dos meses sin hacerlo. Tenía yo veintiún años, un mes y cuatro días y pesaba tan sólo treinta y dos kilos.

Cada día, durante diez años, he soñado contigo y lamentado tu prematura partida, pero he soñado que pronto vendrías de nuevo a mí, cualquier día, pronto. Cuando ese hombre, al que amaba, finalmente rompió mi corazón crucé los mares para encontrarte de nuevo, pero esperanza tras esperanza iban desvaneciéndose y, con cada esperanza desvanecida, se iba desvencijando cada vez más mi corazón. Luego, vino un período muy oscuro. Fue una época de mi vida en que mi mente y cuerpo empezaron a fallar, no lo vi venir. Todavía peleé por ti, pero simplemente no había luz por delante, no había esperanza y, finalmente, mi cuerpo se quedó sin tiempo, mi mente perdió la cordura y mi corazón el amor.


Te juro que hice todo para posible para encontrarte de nuevo y traerte de vuelta a la vida, de vuelta a mi vida. Ahora sé que tengo que dejarte, por fin. Cómo me rompe el corazón y desgarra mi alma en mil pedazos. No importa lo que yo hubiera querido que fueras, eres, ni hubieras sido. Perdóname por haberte abandonado, siento que mi cuerpo no era lo suficientemente fuerte como para llevarte o cuidarte. En el fondo de mi corazón voy a vivir esa hermosa y a veces difícil vida que soñaba contigo y, aunque fue mi decisión esperarte tanto y no traerte a mi vida cuando tuve miles de oportunidades, jamás te olvidaré y yo siempre y para siempre te amaré.