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"Siempre manzana"

sábado, 15 de marzo de 2014

B. B.

“¡Siempre manzana!  ¡Siempre manzana!” -pensaba gruñendo el pequeño gusano de la manzana, mientras avanzaba mordisco a mordisco por dentro de una, muy roja y tierna.
“Admito que el sabor está bien, el aroma, la textura…pero es que… ¡siempre manzana! Y sé que no probé ni la décima parte de clases, ni viviré lo suficiente como para hacerlo; las hay dulces del norte, agrias de Australia, enanas de frío… pero es que es eso… ¡Siempre manzana!”
“¡Ay…! Quien me diera aunque sólo fuese por un momento relamerme en la dulzura de una pera, sumergirme en la esponjosidad del melocotón, experimentar el refresco masivo de la sandía…”
“Sin embargo, aquí estoy, relegado a esta fruta, a hacer galerías sin parar que no me llevan a ninguna parte más que a…  ¡siempre manzana!”
De repente el gusanito gruñón, tras un gran bocado, llega al mismo corazón de la manzana. Allí de repente se topa de frente con unos enormes ojos oscuros que lo miran con curiosidad. Y es que al mismo tiempo y tras otro mordisquito, una gusana de la manzana está también en el corazón de ésta.
El gusano la mira y siente algo nuevo. Con los mofletes inflados aún masticando el último bocado se miran profundamente. Tragan y siguen mirándose. Sonríen. Entonces, el gusanito va a decir algo, pero algo pasa. Todo tiembla, parece desmoronarse; en cuestión de segundos un palo redondo de madera cruza el corazón de la manzana de manera brusca. Aunque les extraña , la pareja sigue mirándose embobada. El gusano se decide de nuevo a hablarle, pero, otra vez, algo sucede. Por el hueco que dejó el palo, una catarata de mortífero caramelo ardiendo se precipita sobre ellos. El gusanito huele y casi saborea el maravilloso sabor del caramelo que se les viene encima, pero en vez de abrir la boca y cumplir su deseo de probar nuevos sabores, la cierra con todas sus fuerzas para poder vivir unas milésimas de segundo más y así seguir viendo esos ojos que tiene enfrente.
En un segundo, caramelizados por el ardiente torrente de caramelo, los dos gusanos se miran para la eternidad, pensando con alegría en los últimos momentos,  como a voz en grito…
¡Siempre manzana! ¡Siempre manzana…!

"Pinzas"

lunes, 10 de febrero de 2014

B.B.

…Rob-ID esperaba a la familia en el gran recibidor de la mansión. La señora bajó las escaleras con una gracia especial, casi haciendo un homenaje al disfraz de dama de época que llevaba. El señor, acabando de comprobar si el coche había llegado, la recibió al final de la escalinata, con una medio reverencia impostada; algo extraño para un troglodita de las cavernas; y es que este año el cónsul se había decantado por un disfraz menos caballeresco, principesco o vaqueril.
Rob-ID pronto sintió a los niños rondándole a voz en grito mientras blandían sus espadas de plástico entre ellos y luego contra él. Sonrió. “Dejad a Rob-ID que lo vais a estropear y luego quién hará la cena”, dijo la señora, guiñándole un ojo al robot mayordomo. Los niños siguieron su batalla en el driveway donde un reluciente Rolls vintage ya esperaba con la puerta abierta y la luz de cortesía encendiéndose suavemente en la oscuridad de la finca.
El chófer, un modelo Chof-i, bajó en cuanto sus circuitos detectaron movimiento. El educado y sonriente robot se colocó en la puerta de pasajeros, invitando a que entraran. “Vendremos en tres horas… espero. Conecta todas las alarmas y prepara la chimenea para después”, dijo el cónsul, con una ridícula barba pintada a cera. La señora lo agarró por el cuello como para ahogarlo. “Anda vamos a disfrutar un poco y deja a Rob-ID , que ya sabe qué hacer”. La señora volvió a guiñarle un ojo al robot, que esta vez, no pudo evitar proyectarle una tímida sonrisa.
Tras verlos meterse en el coche, Rob-ID cerró la gran puerta de la casa. Como de costumbre, permaneció un minuto con la mano en el pomo, por si el señor se hubiera olvidado los guantes, algún papel o sus gafas de cerca. Pero esta vez el ruidoso Rolls dejó paso, poco a poco, al silencio de la noche.
Rob-i se dio la vuelta y miró alrededor. La fiesta de carnaval de todos los años era una noche especial. No hay nadie en casa, ni de la familia ni del servicio y Rob-ID se queda solo, sin nada que hacer. Lo único que desea es poder ver las fotos que año tras año, devora una y otra vez. Y es que a Rob-ID le había encantado siempre el carnaval.
Tras chequear todo tres veces, Rob-ID se quedó parado en el hall, mirando a la puerta. Pero de repente, en unos segundos, a sus circuitos de espontaneidad controlada llegó un impulso de 8v que le hizo pensar en… disfrazarse.
Tras calcular varias veces posibilidades, parámetros, pros y contras, Rob-ID empezó a subir las escaleras hacia el cuarto de juegos. Abrió la puerta de la colorida estancia y empezó a buscar algo que le pudiera servir. Localizó una peluca que rápidamente se colocó…pero la suavidad y la forma de su cabeza hizo que le resbalase hasta caer al suelo. Optó entonces por unas pinturas. Rob-ID se empezó a pintar un gracioso parche pirata, en su reluciente ojo sin párpado, pero la pintura no se le quedaba pegada en su aleación especial. Miró entonces un sombrero de copa. Se lo puso, pero la abertura era demasiado grande y su cabeza desapareció dentro del complemento.
Entonces, en la oscuridad del sombrero, sus circuitos volvieron a fluir y comprendió qué era el carnaval. No es ser algo distinto, es ser algo distinto que tú quieres ser. Rob-ID lo tuvo claro. Guiado por su HOME PS avanzó a ciegas por la casa con su cabeza dentro del sombrero.
Llegó al baño y colocándose delante del espejo se lo quitó lentamente. Viéndose reflejado, Rob-ID volvió a pensar.
“¿Qué quiero ser? ¿Qué siempre quise ser? Otros de mi serie, soñaban con ser robots chef, robots de seguridad en grandes corporaciones, pilotos… yo… yo… lo que siempre quise ser fue… unas pinzas alisadoras. Sentir el cabello, conseguir el efecto perfecto, lograr no quemar ni castigar la melena…”
Mientras pensaba en todo lo que podía hacer, Rob-ID ya se estaba tocando el pecho accionando la puertecita de su chip central. Al abrirla, el humo del nitrógeno líquido se diluyó en la cálida atmósfera del baño. Rob-ID, decidido, metió sus manos y sacó con delicadeza la diminuta esfera plateada del circuito central. Por un momento, sosteniendo su corazón metálico entre las manos, se detuvo y volvió a mirar al espejo; viendo la esferita llena de diminutas luces tintineantes, se estaba viendo a sí mismo. Entonces, avanzó hacia las pinzas alisadoras posadas en una banquetita. En apenas cinco minutos Rob-ID adaptó la esfera a las pinzas. Sólo un pequeño cable de platino unía la esfera al cuerpo de Rob-ID. Haciendo un rápido cambio de parámetros, Rob-ID empezó a sentir, a vivir como unas simples pinzas alisadoras.
Era feliz. Enseguida, empezó a calentar sus pinzas, moverlas, experimentar las diferentes opciones, intensidades… Estaba maravillado. Aun no teniendo toda la inteligencia y las posibilidades que su cuerpo de siempre le permitía, Rob-ID se sentía realizado.
Y es entonces, en ese torbellino de sentimientos eufóricos, cuando descubre que no está disfrazado; que el disfraz fue siempre esa ridícula carcasa de robot mayordomo que ahora lo miraba a 50 centímetros, con unos ojos sin vida.
Rob-ID se había des-disfrazado.
Por precaución, no podía estar en su nuevo cuerpo mucho más tiempo; aunque le era difícil de asimilar, por primera vez en su existencia estaba siendo él realmente. Entonces, un nuevo torrente de alocadas ideas comenzaron a circular por los circuitos del robot. Con lógica, las fue descartando una a una, pero en el último momento, cuando con algo de tristeza estaba a punto de regresar a su cuerpo, unas palabras que acababa de oír, de la señora, resonaron en lo más profundo de su inteligencia de silicio: ” …deja a Rob-ID; él sabe qué hacer.”
Así, acto seguido, con toda la calma y delicadeza, las pinzas atraparon el cable que unía ambos aparatos. Rob-ID las cerró con todas sus fuerza calentándolas tanto como pudo. En unos segundos, el cable de unión se rompió soltando un par de inofensivas chispas.
Rob-ID no era más Rob-ID, era Pinz-i; lo que siempre quiso ser.
A la mañana siguiente fue un silencioso y discreto testigo de los sollozos de unos y los enfados del otro, mientas se llevaban el cuerpo sin vida de su, ya, anterior cuerpo. Pinz-i también se disgustó un poco al principio, pero se le pasó pronto; el fin de semana cenaban fuera y la señora debía estar espectacular.

"La Tormenta"

sábado, 25 de enero de 2014

B.B.
Los grandes búfalos pastaban tranquilos sobre la vasta extensión de tierra infinitamente tapizada de un verde que el sol y el viento dotaban de diferentes tonalidades. En su eterno rumiar, las bestias también fijaban su atención en las dos figuras que desde un montículo los observaban.
–¿Qué te preocupa tanto, que te impide vigilar la manada? –dijo la mayor de las dos con aire de autoridad. Era el gran jefe indio de la tribu.
–Padre, quiero subir allá arriba donde ni siquiera las poderosas nubes pueden llegar –respondió el chico, que fijaba su excitada vista hacia lo alto.
–Mmmm…! La gran roca del viento, pero… ya sabes que allí mora el gran águila, que al ver amenazado su nido puede hacer, sin mucho esfuerzo, que te despeñes por la ladera.
–¡Ja… Ja…, el gran águila! No le temo ni un poco. Pelearé y lucharé con ella hasta hacerla desistir de sus intenciones –dijo el chico firmemente.
–Bien, hijo. Entonces, cuando hayan pasado unas estaciones y seas ya un hombre, podrás subir hasta la lejana cima.
Así, en su cuenta atrás hacia la aventura, el chico esperó impaciente a que otro día más pasara.
A la mañana siguiente, padre e hijo esperaban algo de pesca en el caudaloso río que discurría cerca de sus tierras.
–Algún día, padre, iré a lo más hondo del río, donde ni sol ni luna pueden llegar con sus brazos de luz –dijo acercándose a la orilla.
–Ya veo… –le contestó el padre, aparentemente tranquilo y sin apartar la vista del agua–. Aunque debes saber que a esa profundidad te encontrarás el pez mordedor, que unas pocas dentelladas puede incluso herirte de muerte.
–¡Ja… Ja…, el pez mordedor! Seré tan fiero como él hasta que lo haga salir del agua por su propia voluntad.
–Si ese es tu deseo…, entonces bajarás allí cuando hayas crecido un poco más.
Así, en su cuenta atrás hacia la aventura, el chico esperó impaciente a que otro día más pasara. Ya de noche, cuando la tierra cede toda su majestuosidad al cielo, donde miles de estrellas con la rebosante luna a la cabeza parecen rivalizar con el sol, los dos indios observaban el firmamento.
–¡Ay, padre! Vendrá un día en el que llegue a lugares tan lejanos que ningún hombre haya podido ni imaginar.
–Ya…, pero no será difícil que en ese tu gran viaje encuentres peligrosas fieras y gentes con malas intenciones –advirtió el padre.
–¡Ja… Ja…! Cazaré a toda fiera que ose cruzarse en mi camino y me servirá de alimento. Sus carnes me harán más fuerte para poder luchar contra ladrones y bandidos –respondió el chico firmemente.
–Bien, hijo mío. Entonces no seré yo el que te retenga en ese momento.

Así, en su cuenta atrás hacia la aventura, el chico esperó impaciente a que otro día más pasara. Una vez acostados, oyó como una tormenta rugía en la distancia. Algo asustado, fue corriendo a la tienda de su padre.
–Padre, déjame dormir contigo esta noche –dijo el chico en voz baja mientras su padre se incorporaba lentamente.
–Sí, claro; pero antes dime la razón que te trae junto a mí.
–Es que la tormenta… –titubeó el chico.
–¿La tormenta…? Sabes perfectamente que el viento no la traerá por el poblado. Va en dirección contraria. Aquí estamos a salvo del rayo.
–Sí, pero… –el chico bajó la cabeza.
–Entiendo. De modo que no temes al afilado pico del águila, a la implacable mandíbula de un pez, a las fieras garras de las más horribles bestias… ¡y te asusta algo que sabes que no puede hacerte ningún daño! –dijo el padre seriamente.
Entonces, mientras continuaba hablándole, comenzó a acercar el dedo índice hacia el muchacho…
–Pues bien, hijo, acabas de conocer a tu peor enemigo, infinitamente más poderoso que los demás y al que deberás combatir durante toda tu vida, cualquier camino que elijas –dijo el gran jefe indio mientras su hijo con los ojos muy abiertos seguía atónito al dedo que suavemente se posaba en medio de su frente:
-¡Tu miedo!
Pensativo, el chico se retiró en silencio a su tienda. Poco a poco comenzaba a entender lo que su padre le acababa de transmitir.

Así, en su cuenta atrás hacia la aventura, esperó tranquilo la llegada de un nuevo día.

"Puntos"

lunes, 20 de enero de 2014

B.B.

Berto se desesperaba. Día a día veía como del abismo en la cabeza de su mujer salían decenas a veces centenares de palabras que se perdían irremisiblemente saliendo por la ventana, por debajo de la puerta o simplemente difuminándose entre la condensación de la cocina o el baño. A veces era un simple goteo, otras era como un grifo roto imposible de arreglar.
Mientras Berto preparaba la comida, un “coche” o un “principito” flotaban entre las patatas cocidas hasta desaparecer. Colgando la ropa, un “fila india” o un “portalón” lo sorprendían entre las mudas recién lavadas, para después salir por la ventana hacia ninguna parte. De noche, si tenía que levantarse al servicio, al encender la luz se encontraba con “árbol” o “llave inglesa”. Al apagar, ya no las vería más.
Un día, preocupado por el empeoramiento de la situación, apartó cuidadosamente el pelo cano de su mujer, pudiendo asomarse al abismo en su cráneo. En él, ya había muy pocas palabras, que no paraban de subir poco a poco hacia la estrecha salida. Debajo de ellas, aun suavemente ancladas a las paredes del abismo, estaban los nombres de los dos. Pero flotaban como dos globos que en cualquier momento pudieran salir volando por la rotura del cordón. Entonces, asustado, decidió actuar.
Berto llegó al callejón de los ilusionistas. Una extraña bruma, recibía a los visitantes que, de adentrarse en él, podían disfrutar de las tiendas más mágicas y exclusivas. Aunque al principio dudaba ante tanta oferta, Berto lo vio claro al localizar al fondo del callejón la antigua sombrerería.
Entró en ella quedando embobado por la cantidad de sombreros en exposición; todos diferentes. “Todos mágicos”, dijo el dependiente, un pequeño hombre con cara de pillo, elegante y con el pelo engominado. Berto le habló de su problema. El sombrerero lo tuvo claro al momento y tras ir a la trastienda, salió a los pocos segundos con un discreto sombrero de mujer. “Este es el sombrero de las palabras. Estoy seguro de que sabrá como usarlo”.
Berto salió de la tienda corriendo dejando al pillo y sonriente dependiente tras el mostrador. Llegó a casa enseguida. Tras apartar un “abedul” y una “sábana bajera” que ya salían afuera, corrió al salón donde su mujer, con la mirada perdida en la ventana, seguía expulsando palabras. Rápidamente se colocó delante de ella y suspirando profundamente cerró los ojos colocándole el sombrero. El agujero del abismo estaba ahora tapado.
Berto la miró con recelo y esperó. Una sonrisa de satisfacción empezaba a dibujársele en la cara cuando de repente una “botella de agua” y una “mesa camilla” se abrieron paso entre el pelo y el sombrero de su mujer y devolvieron a Berto a la triste realidad. No funcionaba. Desesperado, apretó más y más el sombrero hasta casi lastimar a su esposa. Pero las palabras seguían saliendo. Maldiciendo al dependiente, tiró el sombrero con rabia. Luego, tras recobrar el aliento, se acercó de nuevo al abismo y comprobó aterrado que las únicas palabras que quedaban eran ya sólo sus nombres.
Berto, aterrado, miró a los lados, al teléfono, a la ventana… Entonces, de nuevo, poniéndose delante de su mujer, con delicadeza puso sus manos sobre el agujero del abismo. Una vez colocadas apretó para sellarlo. En unos segundos, notó como los dos nombres subían hacia sus manos. Pronto, notó las primeras letras tocando su piel suavemente. Luego, ya pudo sentir el calor de las dos palabras rebotando en su palma. Berto sonrió; daba resultado. No le importaba estar así el tiempo que fuera.
Pero entonces, las palabras se hicieron más y más finas empezando a contorsionarse y escalar a través de los desgastados dedos de Berto.
Era inevitable. Con los ojos llenos de lágrimas vio como entre él y su mujer los dos nombres flotaban entrelazados hasta perderse por una rendija de la ventana.
Miró entonces a su esposa y vio que la mirada perdida de los últimos años había dejado paso a una mirada ya sin consciencia. Berto, rendido, se dejó caer hacia atrás. Así estuvo horas; pensando, meditando, intentando asimilar.
De noche, cuando una enorme luna daba luz a toda la ciudad, Berto se incorporó. Derrotado, agotado, caminó por la casa buscando algo. En el cajón del taquillón encontró una T perdida. En el neceser de los medicamentos una E que había acabado allá por no se sabe qué. En la cocina, en los cajones de los cubiertos una Q atorada en la bisagra de apertura. En el armario, una U solitaria. En la baldosa que se mueve del baño, una I medio enterrada. Una E estaba en las pinzas de la ropa. Abrió el libro de los teléfonos y cogió una R medio despistada. Y en la lámpara del pasillo atrapó una O que aún no se había esfumado.
Cuando las tuvo todas, las llevó al salón. Con semblante serio y toda la tranquilidad del mundo las metió una a una en el sombrero mágico combinándolas de la manera más maravillosa que estas letras se pueden combinar. Aun sabiendo que no serviría para nada, volvió a poner el sombrero a su esposa. Como ya presentía, la frase volvió a perderse a los pocos segundos, saliendo del sombrero hacia la nada; totalmente resignado, se acostó de nuevo al lado de su mujer.
Berto puso el sombrero a su esposa con la misma combinación de letras, todos y cada uno de los días que estuvieron juntos.

Finalmente ella partió. El mismo día que la despidió, Berto llevó el sombrero a la sombrerería del callejón de los ilusionistas. Dado por vencido, devolvió el artículo al sombrerero, que tenía la misma sonrisa pilla de siempre. “Simplemente no funcionó”, le dijo Berto. “No retuvo las palabras”. El dependiente, serio ahora, cogió el sombrero con delicadeza. Entonces, mirando de cerca el agujero de la prenda volvió a sonreír. “Señor Berto, eso que me dice no es del todo cierto, aquí faltan cosas… y sólo quien llevó el sombrero las puede tener”. Berto, demasiado cansado, no tuvo fuerzas para dar explicaciones y salió de la tienda lentamente.
Llegó a casa y pudo sentir la nueva y temida sensación de fría soledad. Tras recorrer por horas como un sonámbulo el piso, acabó en su habitación, delante del armario de su mujer, aún sin tocar.
Lo abrió con delicadeza. Sonrió melancólico al ver y oler su ropa, sus joyas, sus cosas… Entonces al ir a tocar un vestido, algo se movió en el armario. Un poco sobresaltado se detuvo antes de volver a intentar alcanzar las cosas de su esposa.
Y es en ese instante cuando algo golpea su cara, su cuerpo, la habitación con mucha fuerza. Cientos, miles de diminutos “algos”, salieron del armario a gran velocidad; como una gran catarata, como una bandada de pájaros ansiosos por sentir la libertad, como un gran huracán lleno de calidez.
Esos miles de “algos” juguetearon entre la ropa de Berto, colándosele por todos los lados, mimándolo, besándolo, revoloteando entre su pelo, rodeándolo, pegándosele…
Berto, sin poder parar de reír, forzó la vista para ver de qué se trataba;  pronto lo averiguó.

Amaneciendo, en el modesto dormitorio del viejo piso,  todos los puntos de cada “i” de cada “quiero” de cada “te quiero”,  que en los últimos meses intentó que su mujer retuviera, volvían ahora a Berto, desde el bolsillo del camisón de su esposa. Emocionado,  se dio cuenta de que nunca, ni en los últimos tiempos, dejaron de quererse  y siempre con el mismo amor; un amor lleno de cordura.

"El niño" relato de B.B.

martes, 14 de enero de 2014

B.B.


Curro sabía permanecer inmóvil como nadie. Se concentraba y conseguía transformarse en una especie de estatua. A veces tenía la sensación de que lograba amalgamarse con el edificio o con el lugar elegido para “trabajar”. Con lo que sí existía una unión transcendente era con su compañero, su aliado, su añadido… Ya, su quinta extremidad, el potente rifle con mira telescópica.
Curro, militar en servicio, se encontraba en un viejo edificio de tres plantas abandonado, medio derruido. La guerra y las guerrillas se habían cebado en particular con esa parte de la ciudad; pero así es el trabajo del francotirador. Tienes que trabajar en la boca del lobo. Lo que antes debía haber sido una bulliciosa oficina, era ahora un paraje fantasmagórico y desolador poblado de sillas de oficina retorcidas, viejos ordenadores con pantallas estalladas y un manto de papeles medio podridos por la meteorología.

El calor y el frío extremos, unidos a la falta de una mínima alimentación, habrían desmayado al más pintado de sus compañeros pero, como ya expliqué, Curro era especial. Ahí seguía, inmóvil, pegado a la pared al lado de la ventana por la que asomaba de manera disimulada el cañón de su infalible arma. Su ojo, embutido en la mira telescópica; su verdadero ojo, como él le llamaba. A veces tenía la sensación de que cuando no miraba el mundo a través de la trabajada lente es que estaba ciego. Curro escudriñaba cada segundo, cada metro de calle, esperando órdenes, esperando un objetivo con el que “tratar”.

Ese día había despertado pronto. Con total sigilo, moviéndose grácilmente para no ser descubierto, se apalancó en la misma posición cerca de la ventana. Tardó como siempre un minuto en encontrar la postura ideal. Luego, reguló la impresionante mira telescópica y respiró profundamente. Estaba listo. Pasó así una hora cuando, de repente, se puso en alerta. Había movimiento. Pronto se relajó. Era un niño de otro pueblo que iba paseando con su simpático perro amarrado por una cuerda.Siguió de todas maneras a la extraña pareja. Nunca se sabe. Se percató entonces de como el perro iba mirando a los lados y también hacia arriba. De repente el perro fijó sus profundos ojos en Curro. Éste se sobresaltó; pero pronto dedujo que era imposible que el perro lo hubiera visto. Estaba demasiado lejos, demasiado callado y su olor era ya el del ruinoso edificio.
El animal incluso aminoró el paso, mientras miraba a Curro, haciendo frenar al niño que ajeno a todo seguía con sus juegos. Cuando pasaron de largo, el francotirador sonrió tímidamente.
Pero al día siguiente y al siguiente y al siguiente, pasó lo mismo. A la misma altura, el perro, tras mirar varias veces a los lados y hacia arriba, llenaba el objetivo de la mira telescópica de Curro con sus penetrantes ojos oscuros. Su dueño, como siempre, feliz en sus aventuras.
Cada jornada que pasaba era más evidente, y más intenso el momento. Sentía que de alguna manera lo estaba mirando más profundamente de lo que nunca hubiera imaginado. Era como si quisiera comunicarse, como queriendo decir algo, pedir algo.

Un día, amaneciendo, Curro escuchó las familiares aspas del helicóptero de combate. Hoy habría movimiento. Feliz y excitado corrió hacia la ventana para descubrir de qué se trataba. Consiguió ver la escurridiza sombra de tres helicópteros serpenteando por las fachadas de los edificios.
Pronto el sonido de los rotores se hizo más y más tenue. Entonces, cuando el silencio estaba a punto de regresar, una fuerte deflagración lejana hizo vibrar el edificio suavemente. Estaba claro: los helicópteros habían soltado munición. Rápidamente Curro preparó su equipo y puso su ojo en la mira telescópica una vez más. A los pocos minutos, detectó movimiento. Pero entonces, impresionado, abrió el ojo que mantiene siempre cerrado y apartó el otro de la mirilla.

El perro de las últimas semanas caminaba con dificultad, malherido, dejando un rastro de sangre tras él. Pero esta vez la cuerda iba arrastrándose, nadie la cogía. Como siempre, volvió a mirar a los lados y hacia arriba, para acabar regalando su última mirada en vida a Curro, esta vez llena de preguntas y tristeza. Murió en medio de la calle. El hombre se secó el sudor y se tocó el cuello del traje que por primera vez en su carrera militar, le apretaba. Después, sólo una palabra le venía a la mente: “mierda, mierda, mierda…”

En un segundo desarmó la cara mira telescópica y tiró su fusil a un lado; salió decidido de su “oficina”. Bajó rápidamente las escaleras machacadas por restos de metralla y se encontró frente a frente con la puerta que da a la calle. Enseguida quitó los candados que había puesto en ella hacía semanas. Después, tras respirar profundo tres veces, la abrió. El sol entró tímidamente en el desordenado lobby del edificio.
Curro asomó la cabeza varias veces. No fiándose de la calma en la calle, salió rápido hacia la calzada, donde descansaba el cuerpo del animal. Nervioso por tal imprudencia y mirando para todos los lados, los escasos metros se le hicieron eternos. Entonces, de repente, la respiración se le cortó. De los portales de diferentes edificios vecinos salieron tres hombres. Todos caminando con prisa hacia el mismo sitio: el perro. Cuando cada uno se percató de la presencia de los demás, frenaron en seco, se miraron, se estudiaron temerosos. Adivinó a un soldado enemigo, un miembro de la guerrilla y un militar aliado de otro país.
Curro sabía que podía estar ante sus últimos momentos de vida. Quizás una emboscada, un secuestro…Y de salir bien parado se jugaba un consejo de guerra por romper las reglas tan salvajemente. Pero, de pronto, los cuatro hombres, al sentirse desarmados, levantaron uno a uno las manos prosiguiendo su camino hacia el perro. Llegaron los cuatro a la vez. De cerca la situación resultaba mucho más amenazante. Supo enseguida que eran también francotiradores como él y que posiblemente también conocían la mirada del noble animal.
Pero entonces, él y otros dos soldados se pusieron en alerta. El cuarto militar, el militar enemigo, metió su mano en la levita. Viendo la cara de terror de los demás los tranquilizó con un gesto, mientras iba sacando muy lentamente algo de su chaqueta, una vieja pala. Acto seguido, mirando a los demás, se puso a excavar una tumba para el animal. Poco a poco todos fueron ayudándole. Después, sin romper en ningún momento aquel solemne silencio, metieron al perro con delicadeza. Tocaba ahora cubrirlo de tierra. Pero a Curro se le ocurrió algo. Les hizo un gesto para que se detuviesen un momento. Entonces, de un bolsillo, sacó su imponente mira telescópica y la colocó al lado del cuerpo. Los demás, lentamente, hicieron lo propio con las suyas.


Tras darle sepultura, y saludarse unos a otros con la mirada, todos regresaron a sus aposentos, pero esta vez dándose la espalda. No había razón para desconfiar. El francotirador llegó a su guarida. Rápidamente cerró todas las ventanas, guardó su rifle, ahora inservible sin mira telescópica, y se acurrucó en una esquina. En la oscuridad, medio rota por algunos agujeros de metralla que proyectaban luz a la polvorienta estancia, Curro supo lo que quería el perro de él, de todos ellos. Y así, siguiendo su deseo, comenzó a rezar por el alma del niño.