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Por hoy

sábado, 28 de junio de 2014

P. ROMERO
Inglaterra:
Me tienes aquí, Inglaterra,
con tu peculiar gastronomía,
tu anacrónica realeza
tu incapacidad para empatizar
y tu enervante adicción a la agenda.

Me tienes aquí, Inglaterra,
con tus diluvios inagotables,
tus monocromáticos cielos,
tus paraguas rotos
y tus gélidos oleajes urbanos a la orilla de tus banquetas.

Me tienes aquí, Inglaterra,
amarradita de un ala,
embobadita, cautivada,
declarando mi amor, mi amor por ti.
Porque no eres ni sonrisa acartonada ni mercado de cachivaches en oferta;
eres la sobriedad del que observa, evalúa y espera.
Posibilidad solo para quien cree, persigue y  persevera.
Eres reto y derrota; desilusión y volver a empezar.

Eres tu sol, Inglaterra, tu sol que, como lo promete al emprender sus largos viajes, invariablemente regresa.
Tu sol cuya ausencia nos recuerda el valor de una gota de su luz que se cuela por nuestra ventana y solo cálidos besos sobre nuestra piel impregna.
Eres tus amapolas que yacen sobre el campo cuando el tiempo ha dictaminado que ha llegado la hora de su extinción.
Eso eres mi Inglaterra: tus mismísimas flores silvestres que sin aspavientos ni fanfarrias mueren y resurgen de la catástrofe estableciendo su señorío.
Y lo haces callada. Discreta. Moderada.
Por eso, mi Inglaterra,
me tienes aquí.
Por eso,
al menos por hoy,
no me voy de ti.

Originalmente publicado en:  http://promeroescritos.wordpress.com/2014/04/18/por-hoy/

Londres eres tú

domingo, 22 de junio de 2014

SABERA AHSAN
Cada paso que tomo, el aire que suspiro eres tú.
En las brisas de otoño y las lluvias de verano, estás tú.
En el olor del café y en el bizcocho tan dulce, estabas tú.
El bus que da vueltas del rio al centro, eres tú.
En lo alto de la colina me cogiste en brazos
como el sueño que esperé durante toda una vida, fuiste tú.
Desde aquí veo Londres en toda su gloria,
las luces que cuentan mil años de historia
y al llegar la noche te veo más lejos… ya no estás tú.
Pero todos mis recuerdos de este gran sitio, los dulces y amargos,
Londres, por siempre serás tú.


Sabera Ahsan



"La Chica del abrigo gris"

miércoles, 19 de marzo de 2014

A.D. ALEMÁN

Pintura de pared, eso no podía fallar.
 Corrí escaleras arriba con la ilusión con la que se levanta un niño el día de Reyes. Escalón tras escalón las frases de ánimo bombardeaban mi cabeza.

        –Ahora sí. Venga. Sí–.

        Podía verlo. Mi abrigo teñido de rojo. Tan intenso y brillante que no sólo los de abrigo rojo se fijarían en mí sino todos, los de otros colores también. Podía imaginar sus expresiones de admiración, de complicidad e incluso alguna de envidia, ¡qué importaba, por lo menos sabrían que existo!. Y él. Él también se fijaría en mí. 
El éxtasis del momento me pedía subir de dos en dos o de tres en tres los escalones, pero el peso del bote y sus reiterados golpes contra la pierna me lo impedían.
        Por fin llegué a mi pequeño estudio. Abrí la puerta y respiré como si no hubiera respirado durante toda la subida. Solté el bote en el descansillo, y desde la privilegiada vista que me daba la doble altura del piso observé en silencio aquel habitáculo convertido en un improvisado laboratorio del color.
La panorámica del sitio no podía más que empujarme a pensar el aspecto deprimente y pordiosero que daban los trozos acartonados de periódico pegados en el suelo, o los restos de seudocomida camuflados entre los pelos de la alfombra desde hacía meses. Luego, me miré a mí misma y al maldito abrigo gris que me cubría. El tiempo parecía querer detenerse en ese agónico momento, pero no podía ni quería permitírmelo, esta vez no.
 El violento movimiento con el que mi cabeza giró sin avisar podía haberme causado una contractura, pero lo caliente del momento me hacía insensible a ese tipo de males.

        La lata de pintura roja seguía ahí, a mi lado, y yo al suyo. Le esbocé una sonrisa agria y levanté la barbilla con cierto aire prepotente.

       –Aquí estamos. Tú y yo– pensé.

       Ni siquiera bajé el descansillo. Con las mismas llaves con las que acababa de abrir mi madriguera empecé a hacer presión en cada uno de los extremos de la tapa que la ahogaban hasta cerrarla. –¡Joder!– grité al ser mordida por uno de los traicioneros dientes de la llave.
Pensé taponar la herida, pero en lugar de eso me quedé vislumbrando embobada el líquido de tono tan hermoso que resbalaba por mi dedo índice y por la llave.
       
–El mismo tono de su abrigo. Rojo vivo– me dije a mí misma casi excitada.
       Con tal ímpetu arranqué el último extremo de la tapa que las gotas de pintura salieron escupidas sin sentido. Cayeron en la alfombra, en mis zapatos, contra la puerta, hasta en mi cara, pero no me importaba.
 Frenética, desquiciada, me quité el abrigo y a trompicones lo metí en el líquido.
       –Aguanta, un poco más– me susurré.

       Pero nunca había tenido paciencia y ese no era el momento para empezar a tenerla. Alcé el abrigo, y para mi sorpresa seguía gris. Tan gris como la ceniza, como el humo que tose el tubo de escape de un coche.
        
–¡No!–.
Volví a introducirlo, esta vez unos minutos más, pero de nuevo tuve el mismo resultado decepcionante. La pintura se agolpaba en gruesas gotas que se resbalaban por la tela hasta despeñarse contra el suelo. Tras su paso, el horrible color gris quedaba impoluto.
 Con los brazos sumergidos hasta los hombros presioné la tela contra el fondo del bote, y como si intentara ahogar al odioso abrigo lo hundí una y otra vez, pero nada.

        Agotada, sin apenas pensar, corrí de nuevo al supermercado. No había demasiado tiempo, como mucho podía intentar una alternativa más, algo rápido y sin complicaciones, sino tendría que volver a verle con el mismo abrigo gris.
 Era jueves, y como cada jueves desde que llegué a Londres él llegaría a las siete al supermercado, y yo lo seguiría hasta provocar un encuentro artificial donde dedicarnos una fugaz sonrisa. Luego, sólo tendría otros seis días para intentar teñirlo.
 Tintes de ropa, acrílicos, sprays, pintura de pared, ningún producto me sorprendía. Lo había probado todo y nada funcionaba.
De repente, el rechinar de la puerta de emergencia me sacó de mis pensamientos.

        –¿Dónde lo pongo?–.
–Aquí está bien– respondió el encargado colocando recto el perchero con ruedas.

        Noté como la alegría recorría mi piel hasta condensarse en una capa acuosa sobre los ojos. No podía creer lo que veía.
En la percha había decenas de abrigos de todos los colores, verdes, amarillos, turquesas. Incluso rojos.
Antes de que la multitud se diera cuenta de mi descubrimiento, me abalancé sobre la mercancía y cogí cuatro rojos de una vez.

        –¿Quieres alguno?–.
La excitación del descubrimiento amortiguó en parte el pestilente olor a mucosidad que emanaba de la boca de aquel viejo.
 Afirmé con la cabeza.
        
–¿Por qué?–. La pregunta, que parecía haberse pegado en el paladar del hombre antes de salir pegajosa al exterior, me pareció ridícula.

        –¿Por qué?– repetí atónita.
Fruncí el ceño, y agarrando uno de los extremos de mi abrigo lo levanté algo indignada.

        –Es gris–.
–Ya lo veo. Por eso te lo pregunto–.
        
–Perdone. Pero tengo que encontrar mi talla y si sigue entreteniéndome vendrá esa marabunta de allí y me la quitará–.
        
Perpleja y sin soltar los abrigos que rebosaban en mi brazo me dispuse a seguir buscando.
El hombre soltó una carcajada.
        –Estás loca. No te lo quitarán–.

        –¿Cómo?. ¿Es que no lo venden?. Tengo que llevarme al menos uno–.

        –Sí que lo vendemos, pero sólo al que lo necesita–.

        Algo desconcertada, hice caso omiso a las palabras del anciano y volví a fijar mi atención en los abrigos.
        
–Ésta debe ser tu talla–.
Recelosa giré la cabeza.

        –Toma–.
Parecía mi talla y era rojo como la sangre.
        
–Venga. Póntelo–.
 Alargué el brazo, lo cogí y con un gesto rápido me lo puse. Efectivamente era mi talla.

        –¿Qué tal?. ¿Cómo te sientes?–.
Suspiré antes de decir nada.
        –Me siento muy bien–.
        
–Mira a tu alrededor– susurró el viejo.

        Así lo hice y durante unos minutos fue increíble. Me sentía atractiva, poderosa, llamativa. Tenía la sensación de que el mundo se pondría a mis pies con sólo chascar los dedos.
 Pero pronto algo me asustó. 
La gente empezó a volverse más y más borrosa hasta desaparecer. Pasó con los que llevaban abrigos morados, verdes, naranjas, con todos y cada uno de los colores, excepto con el rojo.

        –¿Qué es esto?. ¡Quiero quitármelo!– grité desesperada.

        –Sólo un minuto más– dijo el anciano recolocándome el tejido sobre los hombros.
        –Observa–. 

        De repente, los de abrigo rojo cayeron en la misma desgracia. Delante de mí se desvanecían sin remedio. Pero esta vez había algo distinto. Esta vez no todo desapareció, los abrigos seguían ahí, sujetos por perchas invisibles. Telas fantasmales flotando solas, levitando errantes por las calles del supermercado.
 Eclipsada bajo los fuertes latidos de mi corazón, la vocecilla débil y cascada del anciano quedó relegada a un segundo plano, perdida en la corta distancia de apenas cincuenta centímetros que separaban su boca de mi cara. Por su tono amargo y cansado, supuse que no era la segunda, ni seguramente la tercera vez que me repetía la pregunta.
        –¿Qué si es esto lo que quieres?–.

        No respondí. Arranqué el maldito abrigo de mi cuerpo y cogiendo el mío gris salí de allí como alma que lleva el diablo.
 No recuerdo el tiempo exacto, quizás fue una o quizás fueron dos las semanas que el miedo me mantuvo alejada del supermercado. Pero ese día, algo más fuerte que yo me obligaba a salir a buscarlo.
 Crucé las puertas automáticas despacio como si el suelo bajo mis pies fuera de cristal agrietado. Sabía que estaría ahí. Hoy era jueves, tenía que estar. Y yo, yo sólo necesitaba verle y con suerte, si me atrevía, pasar por su lado y llevarme conmigo el aroma sensual y tibio de la madera de cedro de su perfume.
        
–¿Puedo ayudarte?–.
        
El olor a mucosidad que da una sinusitis mal curada penetró hasta lo más hondo de mis fosas nasales. No necesitaba darme la vuelta para saber que era el viejo, pero aún así lo hice. Por la intensidad del olor hubiera jurado que estaba más cerca, pero me equivoqué, el viejo aún se encontraba a varios metros de distancia. Con las manos detrás de la espalda y una sonrisa burlona, sus pequeños pero ágiles pasos habían salvado rápidos los metros que nos distaban. Tan rápidos como para no darme tiempo a huir.

        –¿Qué fue aquello?– pregunté retrocediendo un par de pasos.

        –¿Qué?– respondió el anciano invadiendo la loseta que acababa de dejar libre.

        –Lo del otro día– dije intentando ver disimulada lo que escondía el viejo.
        –Lo de los abrigos–.
 El viejo clavó sus ojos sobre los míos, y tras acentuar brevemente la sonrisa, sacó las manos de detrás de la espalda.

        –¿Gris?–.
Ese era el color del abrigo que sostenía tras de sí. Tan gris como la ceniza, como el humo que tose el tubo de escape de un coche, tan gris como mi abrigo.

       –Nosotros tenemos algo especial– balbució el anciano.
       En ese instante, toda la seguridad que había mostrado días atrás se esfumó. Ahora, la timidez y el miedo escénico de un niño pequeño abrazaban sus palabras.
Cuando me quise dar cuenta mi mano acariciaba su brazo con dulzura.
       –Siga. Le escucho–.
       –Podemos verlos sin que su luminosidad nos deslumbre. Con nuestro gris podemos verlos tal cual son.
       Estúpidamente, agudicé la vista como si aquel gesto me ayudara a entender mejor la explicación entrecortada del anciano.

       –El intenso brillo de sus abrigos les ciega de tal forma que no pueden verse entre ellos. Son increíblemente maravillosos pero creen que su color es el único que merece la pena ser visto. Los abrigos lo captan y sólo les dejan ver eso.
       –¡Pero las personas se vuelven invisibles!– respondí en un tono más alto del que hubiera deseado. –En esta ciudad todos somos invisibles... hasta que alguien nos descubre. ¿No crees?– susurró el viejo señalando algo.

       No pude evitar seguir la dirección que marcaba su dedo. En el pasillo de enfrente, despistado, el chico del abrigo rojo rebuscaba en una de las estanterías. Había llegado una hora antes.
        Intrigada, torcí la cabeza para leer lo que estaba escrito en el gran bote que acababa de coger. “Pintura gris”, decía.
 La inmensa alegría que sentí duró poco. La voz de aquel camillero me golpeó como una guantada dada con fuerza y sin avisar.
        
–Señor Smith. Tiene que venir con nosotros–.

        –¿Qué hacen?–.
–Este señor es paciente del Hospital Maudsley–.
        
–Hola Eddy–dijo el viejo resignado.

        –Hola señor Smith. Ya sabe como va esto–respondió amable el joven ofreciéndole el brazo.
        –Pero, no está loco. Yo también lo vi– musité confundida.

        A mi lado, el segundo camillero mascaba algo entre sus dientes mientras me escaneaba con la mirada.

        –Es convincente el viejo, ¿verdad señorita?. No me lo diga, ha usted también le ha contado la tontería de los abrigos–.
        
–¡Pero yo lo vi!–exclamé.

        –No sé lo que ha visto, pero por su bien no vaya diciendo esas cosas por ahí a no ser que quiera terminar como él. ¡Mundo de locos!– gruño el joven dándome la espalda antes de acabar la frase.
        Me quedé callada, desolada, notando el recorrido templado y sereno de una lágrima que bajaba
acariciando mi mejilla hasta los labios. Allí, sentí el salado de su gusto.
De repente, justo cuando el anciano estaba a punto de salir del supermercado escoltado por los dos camilleros, apreté los puños y llena de verdad grité. Grité tan alto como mis pulmones me dejaron.
        –¡Yo también lo vi!. ¡Usted me lo enseñó!–.
        
El anciano giró el cuerpo todo lo que los forzudos brazos de los camilleros le permitieron y sonrió.
        –¡No te dejes deslumbrar!– gritó antes de que las puertas automáticas se cerrasen tras él. Permanecí allí de pie durante unos minutos más acariciando mi abrigo gris, hasta que detrás de mí una voz dulce y masculina me sorprendió.

        –¿Estás bien?–.

        El aroma sensual y tibio de la madera de cedro me rodeó. No necesitaba darme la vuelta para saber quién era. Pero aún así, lo hice.

"Sucedió en Londres, lejos de Inglaterra"

domingo, 12 de enero de 2014

LUIS GELADO

Una mano mi acaricia mejilla, despertar cálido y reconfortante, sin fuerza para abrir los ojos y cercionarme, pero sé que es ella. Puedo sentirla, sí. El calor que transmiten sus dedos deslizándose por mis mejillas y mis cabellos atenúa los primeros dolores del día. Y vuelvo a ser niña, y aparece madre rescatándome del mundo de los sueños, y me vuelve a sobrecoger la vuelta perezosa al mundo de los vivos, tan real y palpable como crudo y doloroso. 
Hace ya dos meses que permanezco postrada en esta cama del hospital, rodeada de flores y cientos de mensajes de apoyo de desconocidos. Que el Generoso obsequie su bondad. Katia, que así se llama mi ángel de la guarda, dice que por esta habitación ha pasado gente muy importante de Londres y que incluso he salido en los periódicos, que es un milagro que me haya salvado y que los médicos están impresionados con mi recuperación. Pero las palabras de ánimo no apaciguan el dolor de mi espíritu y mil veces preferiría disfrutar de la soledad del desierto, de donde fui arrancada por el destino, a marchitarme en esta húmeda habitación donde cada noche y cada día me atacan los dolores del recuerdo. 
Tiemblo ante la posibilidad de volverme a mirar en el espejo. Era una muchacha bella, los hombres me miraban con deseo y me prometían palacios, decían que podían ver la luna reflejada en mis ojos, más bellos y sugestivos que la luna misma, todavía me sonrojo cuando pienso en aquello.
Y uno de ellos, que El Perdonador le perdone por lo que hizo, me enamoró y tomó cuando apenas si había tenido tiempo de disfrutar de tales lisonjas.  
Le entregué mi pureza, mi juventud y dos hijos que seguramente ahora renegarán de mí y sentirán vergüenza del vientre que los engendró, de una madre que huyó y mancilló para siempre su nombre y el de los suyos por ir en contra de una tradición que nadie antes se había atrevido siquiera a cuestionar. Pero Él sabe que lo hice por ellos y espero que les dé sabiduría para comprender lo que sucedió y bondad para tratar a los seres humanos como merecen, como obras de la creación. Inshaallah. 

Mi amiga y salvadora continúa regalándome los oídos con palabras que apenas si alcanzo a comprender, qué lejos quedan los días en que paseábamos juntas por los parques de esta ciudad, cuando enjugaba mis lágrimas cargadas de añoranza, cuando me enseñaba esta lengua tan linda y difícil y me decía con ese dulce tono de voz aquello de "no worries darling, everything is gonna be all right". Tras la huída, el miedo se había apoderado de mi alma. Tardé tiempo en conseguir dormir y, aún cuando lo hacía, me despertaban los fantasmas del remordimiento, la duda y el sufrimiento. 

Y, aunque me faltaba lo más importante, comencé a creer que estaba en lo cierto. El miedo se tornó esperanza y soñé con volver a verlos. Me atrevía a pasear sola por las calles y buscaba en las caras de los desconocidos rasgos familiares, en los mercados, a la salida de la mezquita y aquello fue el principio de mi fin. Era verano, lo recuerdo bien y el fin de la estación oscura había transformado la ciudad en un escenario distinto al que conocí cuando llegué, rostros sonrientes, música y esos divertidos personajes con la cara y el cuerpo pintados que permanecían inmóviles como estatuas durante horas junto al río para ganar unas monedas.

Abdul da sus primeros pasos, se desploma y vuelve a levantarse. Me mira y sonríe, mamá está orgullosa de su bebé. Es fuerte, como un camello, y disfruta del espectáculo de mimo. Todo se mezcla y cobra sentido. El dolor se torna amor, el recuerdo presente y mamá no está allí pero nunca ha dejado y dejará de estar.

Cogida de su mano, la pequeña Latifa, mi bebé, tropieza, cae y llora como ella suele, lágrimas densas y fingidas que se disuelven en la arena, que el Bondadoso la proteja de todos los males que atormentan a las mujeres en el mundo, pero vuelve a ponerse en pie, me observa y sonríe, consciente de lo cómico de la situación. Si algún sí se ve en mi tesitura, sé con seguridad que reaccionará incluso con más firmeza.

Ya ni siquiera intento encontrar el sentido a estas imágenes que me asaltan sin orden, que me perturban y complacen a un tiempo. Del calor al frío, de la sonrisa al llanto, del pasado al presente, sin futuro al que dirigirse, del recuerdo al olvido, pinchazo tras pinchazo.


El corazón late cada vez más despacio, bum….bum, los ojos dejan de ver y sólo escuchan. Las manos, abiertas, boca abajo, no son capaces siquiera de agarrar con fuerza las sábanas blancas con el logotipo del NHS. Katia llora. Amanecer y atardecer se vuelven uno. Y comienzo a rodar desde lo alto de la duna. A mi alrededor percibo llantos. Y suspiro. Mi boca reseca deja escapar una palabra que, de repente, por primera vez desde que era niña, cobra sentido. Libre, libre, li.


Ilustración: Pilar Rodríguez